Las mil caras de la Covid-19
En la pasada primavera se despertó una cierta inquietud en nuestra sociedad, que fue atribuida a una frecuencia creciente de casos de Covid-19. Así lo venían comentando numerosas personas y círculos sociales, con referencias a los amigos y parientes afectados en su entorno. Yo, en concreto, lo aprecié igualmente y con frecuencia, en mis conversaciones con los pacientes que acudían a nuestras consultas. En ellas se resaltaba la creciente sensibilidad despertada en nuestro tiempo a la frecuente afectación de la salud mental de las personas en relación con la Covid-19.
Aún continúa ese moderado pero real aumento del número de afectados por esta enfermedad. Y así comenzamos a preocuparnos, considerando lo que conocíamos y lo que asignábamos con la etiqueta de enfermedad un tanto inquietante e impropia del momento estacional estival. Quizás por eso leí con interés un artículo publicado en El Debate (8-8-2025), resaltando las elevadas cifras referidas a nuestro medio:
“Mientras medio país disfruta del verano, el Covid-19 vuelve a hacer ruido en forma de contagios al alza, nuevas variantes y hospitales que comienzan a notar la presión. No es una ola como las de antaño, pero sí un recordatorio de que, aunque la pandemia se haya dado por terminada, el virus se ha quedado con nosotros”.
Se considera que la mayoría de las personas que desarrollan y padecen la Covid-19 ─en sus mil modos y maneras─ se recuperan por completo. Pero, además de contar con una mortalidad que afecta a las personas más vulnerables, se estima que aproximadamente entre el 10% y el 20% de la población afectada por esta enfermedad epidémica que tanto nos ha afectado en los cinco últimos años, experimenta una Covid-19 persistente o prolongada, también llamada Covid-19 de larga duración, Covid crónico, junto a las secuelas post agudas de esta infección. No obstante, algunos estudios tienden a considerar tal situación o cuadro clínico, como una enfermedad que da la cara de modo diverso, bastante nebuloso y que acaba quedándose como invisible e infradiagnosticada. Quizás, por este motivo, las personas que conviven con esta patología y los profesionales de la salud demandan más visibilidad, investigación y atención a esta Covid-19 persistente y al simple modelo del típico Covid-19.
Y profundizando, nos preguntamos: “Bien, ¿qué es la Covid-19 persistente? ¿Y, cuáles son los principales síntomas de esta enfermedad? ¿Cómo entenderla y afrontarla? ¿Cómo distinguir entre unas u otras formas de presentación? Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Covid-19 persistente o post-Covid-19 se define como:
“La continuación o desarrollo de nuevos síntomas tres meses después de la infección inicial por el virus SARS-CoV-2, con una duración de estos síntomas de al menos dos meses sin otras razones que pueda explicar la presencia de estos síntomas”.
Concretando, se trata de un proceso de muy variable duración que suele y puede durar unas semanas o incluso meses. Se ve más en personas con más de cuarenta años, pero se puede presentar a cualquier edad. Afecta más a la mujer. Las personas que tienen ciertas enfermedades previas, tales como el asma u otras pulmonares y crónicas, la Diabetes de tipo 2 o de índole inmunodepresoras y otras, conllevan un riesgo más elevado. Los casos más graves de Covid-19, los que requieren hospitalización, también tienen más riesgo de Covid-19 persistente.
En cuanto a su presentación clínica diremos que por ahora se han identificado más de 200 síntomas asociados a la Covid-19 persistente. Los más frecuentes, que se incluyen tanto en el informe técnico español como en la definición de la OMS, son de tipología sistémica (como el cansancio, el malestar general o la fatiga, la fiebre, el dolor muscular o articular), respiratorios o cardiovasculares (presión torácica, tos, disnea, molestia de garganta, taquicardias, etc.), digestivos (dificultad para tragar, nauseas o vómitos, diarrea, dolor abdominal, inapetencia), neurocognitivos (como los déficits de memoria y atención, la ansiedad y el ánimo depresivo), además de otros como los neurológicos, neuromusculares, psicológicos y psiquiátricos.
La sintomatología neuropsicológica, tan propia de la Covid-persistente, puede expresarse también, mediante alteraciones cognitivas, que se han denominado como ‘niebla cerebral’. Igualmente se reduce el dominio de la atención, sobre todo de la sostenida que resulta manifestarse con una pérdida de la concentración. También se afecta la memoria a largo plazo y las funciones ejecutivas; a veces tan llamativas como la disminución de la capacidad para inhibir la información irrelevante en torno al virus de la pandemia, generando mayor preocupación y ansiedad. Son estas unas alteraciones que se presentan especialmente, en personas que se infectaron en la primera ola del virus.
Y también puede asociarse sintomatología neuropsiquiátrica, con depresión, ansiedad, apatía o desgana. Algunos estudios han demostrado que estas manifestaciones son más frecuentes en personas que ya habían tenido estos trastornos, a veces por causas psicológicas, antes de la infección.
Para el diagnóstico de la Covid-19 de larga evolución han de descartarse otros problemas de salud, ya conocidos, que pueden generar una sintomatología similar y también se han de tener en cuenta las posibles secuelas de las fases anteriores de la propia infección y considerar las pruebas analíticas o radiológicas y exploratorias que se vayan obteniendo.
En nuestra consideración es destacable la complejidad que se atribuye a esta forma da la Covid-19, tan frecuente, confusa y de difícil identificación, tal como se ha presentado en nuestro tiempo. Pues bien, es significativo que se la relacione con las enfermedades psicosomáticas por el hecho de integrar aspectos y causas tanto orgánicas como psicológicas que se instalan ─con interacciones persistentes─ avivando el proceso y realimentándolo de manera continuada. Pensemos en el desgaste vital y la afectación que produce en una persona la incertidumbre y novedad del proceso, la alarma que despierta, el temor a contagiar, el sentido de culpa que genera, el aislamiento y otros factores, que sin duda suelen reducir la resistencia saludable y el vigor de la persona. Lógicamente, en el fondo del escenario clínico de estas patologías está la perspectiva que proyecta la propia personalidad del paciente con los peculiares tonos e intensidades que condicionan la claridad/dificultad y la supuesta gravedad del caso. De ahí la necesidad o conveniencia de acudir a la perspectiva Psicosomática y al quehacer de la Psiquiatría de Enlace para alcanzar suficientes seguridades.
No resulta fácil diferenciar un proceso psicosomático típico y de causa intrapersonal del que subyace en una persona con una dolencia generada por la presencia del virus Covid-19. Pensamos que no hay pruebas específicas para detectarlo y diagnosticarlo con seguridad, pero si para la orientación diagnóstica y el enfoque terapéutico responsable. Y no es baladí la valoración del efecto nocivo y potenciador del malestar que se deriva del aislamiento familiar o social, los temores al posible contagio, en pasivo o activo, etc.
El tratamiento de estos pacientes está bien protocolizado e implica un seguimiento que incluya atención y genere confianza, medidas higiénicas y farmacológicas, así como un seguimiento psicoterapéutico que repare las distorsiones ─casi siempre psicosomáticas─ que se generan y persisten en estos pacientes, agredidos por los gérmenes y el distrés ─estrés elevado, duradero y desestabilizador─ unidos en una relación mutua de resistencia y persistencia.
Concluyendo, afirmamos que la Covid-19es una enfermedad nueva, enla que, se desconoce con exactitud cuál será el pronóstico para las personas con síntomas post-Covid. La mayoría de las personas que tienen síntomas después de cuatro semanas de haber padecido esta infección, mejorará gradualmente. La mortalidad no es elevada y se continúan realizando investigaciones acerca de cómo ayudar a las personas con Covid prolongado, a superar la afección y a descubrir nuevos medios de apoyo y mejores horizontes.
Las investigaciones realizadas en los últimos años van logrando desenmascarar este complejo escenario clínico y psicológico, tal como corresponde a las perspectivas somática o infecciosa y psicopatológica o mental y al modo tal como es imbrican en el entramado etiopatogénico de la Covid-19. Las manifestaciones inmunoendocrinológicas de esta infección suelen impactar notoriamente en la salud mental del paciente, evolucionando de un modo peculiar, en razón de la intensidad del proceso infeccioso y de la sensibilidad psicoemocional del paciente. Precisamente por eso. las intervenciones psicológicas dirigidas a los diferentes grupos de síntomas de cada paciente pueden mejorar significativamente los resultados, tanto mentales como físicos, logrados en su atención hospitalizada o ambulatoria.
Manuel Álvarez Romero
Medicina Interna y Psicosomática.
Presidente Sociedad Andaluza Medicina Psicosomática
Publicado en ABC Sevilla el 24-10-2025
Información extraída de » https://www.abc.es/opinion/sevilla/manuel-alvarez-mil-caras-covid19-20251024205542-nts.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.abc.es%2Fopinion%2Fsevilla%2Fmanuel-alvarez-mil-caras-covid19-20251024205542-nts.html «