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Actualidad Julio 2026 

El hombre a prueba

«La finalidad de la psicoterapia no es ahora sólo volver al individuo más adaptado a la realidad, sino que consiste en volverle más libre y […] capaz de una actividad creadora. Aun cuando ésta se limite, sencillamente, a volverle creador de su propia mismidad.»

Juan Rof Carballo (1905-1994)

Clausuramos el IX Itinerario “SALUD MENTAL, MEDICINA PSICOSOMÁTICA Y FILOSOFÍA DE LA CIENCIA”, celebrado en nuestro sevillano Colegio de Médicos, con la grata presencia del Prof. González Infante rememorando contenidos de la vida propia o ajena, esas vidas que se nos proyectan en el recuerdo o en la imaginación. Y hubo reflexiones despertadas por el estímulo de un magnífico libro de Rof Carballo, el titulado “El hombre a prueba” (1951). Una vez más surgió el gozo de la fina agudeza, y del profundo conocimiento que, acerca de la esencia de la persona, muestra en sus escritos el maestro promotor de la Medicina Psicosomática en España.

El hombre es en sí mismo, por misteriosa naturaleza, alguien cuya esencia consiste en ser puesto a prueba. Este es el gigantesco tema que recorre las Historias primitivas y clásicas, también de las Sagradas Escrituras, cuyas cimas se podrían llamar Adán o Eva, Job o David, Judas, la Magdalena o Simón Pedro.

Y la principal prueba a que nos sometemos es el necesario enfrentarse consigo mismo. Somos puestos a prueba por la pugna entre dos grandes sistemas que nos gobiernan: lo que creemos ser y lo que en realidad somos. Al principio, la lucha se establece por el propio prestigio, por nuestra imagen grata que en el curso del tiempo hemos ido construyendo. Más tarde este sistema de autoexaltación frente a la realidad más modesta y auténtica, abocará en esa persona que vamos esculpiendo, la criatura humana que efectivamente llegamos a ser.

Y en ese despliegue que es el vivir se muestra la originalidad, la profundidad y el mérito. Así el neurótico se está liberando, con su lucha, del amor exaltado a la propia imagen, revisando y tratando de corregir, en lenguaje de Karen Horney su sistema de orgullo, abriéndose paso a

la normalidad real y deseada. Pero concretemos, así sucede en todo hombre y no sólo en el neurótico, si bien en éste se nos muestra el proceso de un modo agigantado, más claro. Pero el mismo proceso, oculto o de modo bien expreso se cumple igualmente en los seres a quienes llamamos personas normales.

Es clásica la idea de que, detrás de muchas normalidades, hay una estructura neurótica de la personalidad que sólo se exterioriza cuando se rompe su equilibrio. Lo que aparece como personalidad normal la mayoría de las veces es una personalidad compensada, transitoriamente estabilizada, ideal para la colectividad, pero que, desde el punto de vista del propio individuo, significa un estancamiento. Y así nos lo revelaría la prueba que le envuelve en una crisis, desequilibrándole y obligándole a seguir su camino adelante, hasta volver a ser él mismo, pero ahora, con una mayor plenitud.

Preciosas y utilísimas ideas, sugeridas por el maestro Rof Carballo, capaz de iluminar y reforzar el modelo de persona en el que nos examinamos y que entrenamos durante toda nuestra vida.

Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista

Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra

 

(Publicado en Andalucía 2026)

Miscelanea Julio 2026

COHERENCIA Y AUTOENGAÑO

Cómo evitar el derroche de nuestra paz interior

«¿Puedo decir que no soy consciente de mi íntimo engaño? –se preguntaba atormentado el protagonista de aquella novela de Van der Meersch.

 

«La verdad es que cuando reflexiono a fondo, lo advierto. Pero por regla general no reflexiono, me lo prohíbo. Hay algo en mi interior que me prohíbe reflexionar, o que falsea las conclusiones, y me da toda clase de falsas razones, que sé que son falsas, pero las acepto de buena gana.»

 

Todas las personas sufren, con mayor o menor frecuencia, y con mayor o menor profundidad, procesos de autoengaño. Suelen producirse a consecuencia de un deseo intenso que perturba el discurso lógico del pensamiento, forzándole a plegarse a su favor, de modo más o menos consciente.

 

Lo malo es que el autoengaño tiene la virtualidad (desgraciada) de hacer que quien lo padece se resista a reconocerlo como tal (por eso es un autoengaño). Y si alguien se lo intenta hacer ver y le pone de manifiesto sus contradicciones, es fácil que –incluso aunque advierta que es cierto lo que le dicen– reaccione negándolo obstinadamente, y esgrima todo tipo de argumentos, incluso con brillantes racionalizaciones destinados a negar la evidencia de sus contradicciones.

 

La influencia diaria de tantos deseos, solicitaciones y tendencias hace que no sea difícil interpretar mal la realidad y autoengañarse. Por eso, la coherencia personal exige un constante esfuerzo de sinceridad con uno mismo.

 

Es preciso ser sensible –sin caer en extremos patológicos– a esos pensamientos que en nuestro interior denuncian detalles de poca coherencia en nuestra vida, y no dejarse enredar por disculpas y justificaciones que intentan transferir nuestra responsabilidad a otros, a los condicionantes que nos imponen las circunstancias en que vivimos, etc.

 

El nivel de autoengaño de una persona marca su nivel de coherencia personal. Pero se puede ser coherente en el bien o en el mal; y ser coherente en el mal es siempre a fin de cuentas un engaño.

 

Efectivamente, y por eso el nivel de coherencia personal no es en sí mismo una escala de medida ética. Hay personas que viven con enorme coherencia principios basados en el egoísmo, por ejemplo, y se muestran así con total transparencia y naturalidad, y está claro que esa coherencia no es éticamente buena. Es más, cuanto más coherentes sean con esos principios errados, peor les irá.

 

— ¿Y dices que en esos casos es recomendable la incoherencia? No. es más recomendable seguir siendo coherentes, pero cambiar hemos de procurar cambiar algunos de nuestros principios por otros mejores. Quiero decir que, si hablamos de coherencia en su acepción más profunda, entendida también respecto a lo que es propio de la naturaleza humana, ser coherentes supone combatir seriamente el autoengaño.

 

A veces, por ejemplo, nos engañamos y decimos: no tenía más remedio que actuar así; pero, en el fondo, sabemos que no es cierto. Además, si nos acostumbramos a engañarnos, detrás de cada mentira, incluso cuando, a veces, parecen producir un cierto sentimiento de liberación, acumulamos un peso, casi imperceptible, que poco a poco lastra de desasosiego interior toda la marcha de nuestra existencia.

 

— ¿Y crees que es fácil engañarse a uno mismo?

Parece que sí, pues el hombre tiende a creerse fácilmente aquello que halaga su comodidad o su conveniencia.

 

De todas formas, tanto la voz de la conciencia como la crítica o el buen consejo de los demás hacen una permanente labor de vuelta a la realidad.

 

Para ser coherente y no sucumbir a las zalamerías y carantoñas del autoengaño, es importante tomar conciencia de la fuerza liberadora de la verdad. El hombre recto e íntegro puede vivir sin avergonzarse, está libre del esfuerzo estresante y agotador del disimulo, se ahorra el miedo a ser desenmascarado de su fraude, tiene más fuerza a la hora de esgrimir sus argumentos y mantiene más fácilmente su estabilidad emocional: son personas que disfrutan más de la vida y de un modo más pleno.

 

Julio 2026

Redacción de www.psicosomatica.net

Actualidad Junio 2026

LABORIOSIDAD: LA CUALIDAD QUE IMPULSA TU TRABAJO

En un mundo caracterizado por la competitividad, la innovación constante y los cambios acelerados, la laboriosidad se ha convertido en una de las cualidades más valiosas para alcanzar el éxito y la vida lograda. Más allá del talento o la formación académica, la capacidad de trabajar con constancia, responsabilidad y compromiso es un factor decisivo en el desarrollo profesional y personal de cualquier individuo.

 

La laboriosidad implica dedicar esfuerzo y atención a las tareas diarias, manteniendo una actitud perseverante incluso cuando surgen dificultades. Las personas laboriosas entienden que los resultados significativos no suelen obtenerse de manera inmediata, sino que son el fruto de un trabajo continuo y bien orientado. Esta cualidad permite enfrentar los desafíos con determinación y adaptarse a las exigencias de un entorno laboral cada vez más dinámico.

 

Desde mi punto de vista, la laboriosidad es una de las principales diferencias entre quienes alcanzan sus objetivos y quienes abandonan sus proyectos ante los primeros obstáculos. En muchas ocasiones, el éxito no depende exclusivamente de las habilidades naturales, sino de la disciplina para mantenerse enfocado y cumplir con las responsabilidades adquiridas. La constancia genera experiencia, fortalece competencias y aumenta la confianza en las propias capacidades.

 

Además, la laboriosidad contribuye al crecimiento de las organizaciones y de la sociedad en general. Los trabajadores comprometidos impulsan la productividad, fomentan la cultura del esfuerzo y sirven de ejemplo para sus compañeros. En un contexto donde la búsqueda de resultados rápidos es cada vez más común, esta virtud recuerda la importancia del trabajo bien hecho y del compromiso con la excelencia.

 

No obstante, es importante entender que ser laborioso no significa trabajar sin descanso. La productividad sostenible requiere equilibrio entre la vida laboral y personal, así como espacios para el descanso, la formación y el bienestar emocional. Una persona verdaderamente laboriosa sabe administrar su tiempo de manera eficiente para mantener un rendimiento constante sin comprometer su salud.

 

Un tema muy importante es vivir la conciliación entre el trabajo y las otras dimensiones de las personas, por ejemplo, la familiar, la social, la personal y la transcendente. Esto supone conseguir una armonía que impida que por ejemplo la actividad profesional no impida la atención o dedicación de las otras dimensiones.

 

Desgraciadamente es bastante frecuente que la actividad profesional dificulte la dedicación a la familia y la responsabilidad de educación de los hijos. Son las ocasiones de que entre las motivaciones del trabajo es la búsqueda el enriquecimiento o la de alcanzar un nivel de prestigio o un determinado puesto de relevancia en dicha actividad. Esta actitud afecta negativamente a la unidad familiar a la responsabilidad propia de la matrimonial o educación de los hijos.

 

Actualmente la falta de conciliación se ha convertido en un factor que conlleva la ruptura de la pareja o de la familia, con el consiguiente efecto negativo sobre la vida afectiva de las personas. Esto ocurre por falta de orden en la distribución del tiempo o no respetar la coherencia que siempre debe haber entre el proyecto profesional y el proyecto vital que ha de estar apoyado en valores y principios consistentes.

 

Me gusta decir que además de tener claras las motivaciones del trabajo se ha de tener en cuenta la finalidad por la que se realiza el trabajo. Es decir, hay que preguntarse el porqué y para qué trabajamos.

 

En conclusión, hay que procurar la coherencia entre el proyecto profesional y personal, apoyar la actividad personal en valores y virtudes que nos faciliten un desarrollo integral de nuestra vida. En esto nos ayuda la virtud de la laboriosidad.

 

La laboriosidad es una cualidad esencial para quienes desean progresar en su carrera profesional y alcanzar sus metas personales (una vida lograda). Su valor radica en la capacidad de convertir el esfuerzo diario en resultados concretos, demostrando que la perseverancia y la responsabilidad siguen siendo pilares fundamentales del éxito en la vida adulta.

 

JOSÉ MIGUEL PONCE

 

Publicado en el boletín del Para ser feliz del 10 de junio de 2026.

https://paraserfeliz.org/laboriosidad-la-cualidad-que-impulsa-tu-trabajo/

Miscelanea Junio 2026

La paradoja del buen sueño

“Así como en el sueño es nuestra propia voluntad la que aparece inconsciente-mente como destino objetivo inexorable, y todo en él procede de nosotros mismos y cada uno de nosotros es el director del teatro secreto de los propios sueños, nuestro destino puede ser el producto de nuestro ser más recóndito, o de nuestras voluntades, y no hacemos más que poner en escena lo que parece que está sucediendo.”   

Thomas Mann (1890-1947)

Es tradición en el campo de la Salud mental afirmar que el sueño es como una paloma, si la buscas y persigues huye velozmente, a la par que si le ofreces ternura postural o recordándole real o gestualmente una ración de arvejana como regalo suelen acudir acuden sumisas para jugar con quien así se les aproxima. Muchas veces lo hemos ofrecido u observado en la sevillana plaza de América de nuestro parque de María Luisa. Y nos alegra remirar las fotos de cuando nuestros padres nos llevaban, con ese fin ya desde los cinco o diez años.

Dormir bien es un problema para casi un cuarenta por ciento de la población adulta en nuestro tiempo, y más al llegar cerca de la jubilación. Admitamos que, en muchos casos, el sueño suficiente y relajante se convierte en un imposible; y llega a convertirse en un imposible molesto y permanente que nos amenaza en cada atardecer. Estas situaciones generan un círculo vicioso de índole obsesiva que perturba el sueño y la vigilia. En nuestras consultas podemos ser testigos de las quejas de muchos pacientes con ese cuadro, un insomnio esporádico o secundario a un evento estresante al que se suma el estar obsesionado por no dormir queriendo exigir la llegada del sueño.

Desde el punto de vista clínico las patologías del insomnio son muchas, variadas y merecen un estudio y tratamiento de especialistas, concreto y personalizado. Reclaman el estudio de la persona y su personalidad, del entorno, de las ocupaciones y preocupaciones que conviven con el consultante. Pero hablando en términos generales, los insomnios crónicos que ya han pasado por esos procesos de diagnóstico y tratamiento sin resultados positivos esperados, muchas veces los tienen esas personas que han llegado a la situación de estar obsesionadas con su insomnio establecido.

El abordaje de estos casos ha de ser con perspectiva psicosomática para abarcar factores fisiológicos, psicoemocionales, ambientalesrelacionales familiares y laborales, para propiciar un cambio de actitud en el afrontamiento de las anomalías que se detecten. Aparte de la farmacología que se precise entre los hipnóticos, ansiolíticos, antidepresivos, etc. de veterano uso o de reciente aportación, han de establecerse algunas medidas higiénicas, de orden y resolución del estrés que generen y mantengan la homeostasis fisiológica y la calma psicológica. También es exigible el equilibrio en la dosificación del ejercicio físico y el trabajo.

Se afirma que «la felicidad ─en palabras del poeta Miguel D’Ors─ consiste en no ser feliz y que no te importe”. Y Gerald Vann, otro escritor, inglés, autor de libros de espiritualidad, en su libro La misericordia divina señala que: “El modo de conseguir la felicidad es buscar otra cosa”. Definiciones sabias y útiles para situaciones de nuestra vida, entre ellas el insomnio. Poder dormir, que es una manifestación de la felicidad, se consigue en la medida que el sueño no se busca directamente, sino que estamos en otra cosa: contar ovejitas, rutinas de cálculo, rezar… Quizás más eficaz resulta la práctica de “excursiones” mentales rutinarias bien planteadas y serenas que en nuestra experiencia son sencillas y eficaces.

Buena paradoja, dejaremos para otro día la reflexión del escritor alemán Thomas Mann: ¿Y si los acontecimientos de nuestra vida no fuesen más que un sueño que nosotros mismos nos proporcionamos? ¡Caramba! Interesante, pero quizás sea mejor no ponerse a pensarlo cuando se acuesten esta noche…

Lo cierto es que realmente el sueño es un don y se da, en mayor o menor cantidad y calidad, sin buscarlo directamente. Es necesario a la par la docilidad como pacientes y la paciencia como virtud. Debe recordarse que hay que saber “recibir” al sueño sin prisas ni temores, con paz y alegría… ¡y con las dichosas pantallas lo más lejos posible!

Esta actitud paciente, agradecida y serena sí vendrá acompañada de la alegría del buen descanso.

 

Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista

Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra

 

Publicado en el boletín del RICOMS del 11 de mayo de 2026.

https://www.comsevilla.es/la-paradoja-del-buen-sueno/

 

Actualidad Mayo 2026

TEMPLAR EL SUFRIMIENTO HUMANO

            Hace unos días un joven paciente cargado de dolor y sufrimiento, consecuentes a lo vivido en su quehacer profesional, descubrió y manifestó algo muy valioso y con efecto sanador que expresó: “veo que lo que me sucede es consecuencia de mi cabezonería y mi orgullo”.  Así, de este modo, pudo abrir la puerta a su curación que habría de consolidarse en poco tiempo con las oportunas ayudas médicas, psicológicas y morales pertinentes.

            Suele afirmarse que la milenaria experiencia del ser humano evidencia que Dolor y el Sufrimiento son dos constantes en nuestro vivir, capaces de generar sombras en los claros tonos de nuestro día a día.

            La Asociación Internacional para el estudio del Dolor, lo definió como una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada a una lesión tisular, real o potencial.  Distinguiremos varios tipos: Nociceptivo, Neuropático, y Dolor Psicógeno que conlleva un alto componente emocional y afectivo y se acompaña de ansiedad, depresión, insomnio y sufrimiento.

Algo distinto es el Sufrimiento, una vivencia negativa y molesta de tipo psicológico y moral, sin experiencia sensorial primaria y con asiento cognitivo y emocional.  El Sufrimiento útil hace crecer a la persona que lo padece, el Sufrimiento inútil, por el contrario, es autoelaborado y consiguiente a una reacción mental mal e inadecuadamente elaborada.  Ambos aparecen como una respuesta personal a un acontecer adverso. Y recordemos al genial Dante Alighieri que afirmó “Quien sabe de dolor, todo lo sabe”.  El Dolor enriquece.  Pero está claro que hay que distinguir entre el dolor nuestro de cada día y el infierno emocional que podemos autoelaborar.

Para Turk, D. C. el objetivo base ante el paciente con dolor y sufrimiento ha de ser anular o disminuir el dolor e iluminar su sentido, mejorar su funcionalidad y calidad de vida y evitar la ansiedad, el insomnio o la depresión a la par que buscamos sus causas (Clin. J. Pain, 2000). 

Nos importa mucho conocer los factores que, de ordinario, bajan el umbral para percibir un cierto dolor: la ansiedad, la depresión, la soledad, la pena, el insomnio, … Y también, por el contrario, aquellos que nos protegen del dolor y elevan el umbral para que nos afecte menos, el sueño, la compañía, la paz, la distracción, la escucha atenta y amorosa, los analgésicos, los ansiolíticos, etc. Son estas, herramientas bien útiles en la prevención y tratamiento del Dolor.

            La Medicina Psicosomática propicia el enfoque más acertado en las situaciones de sufrimiento y dolor.  Ayuda a comprender la distinción entre Enfermedad y Dolencia que aunadas pueden llegar a ahogar el vivir en una espiral doliente que merma la vida con sus padecimientos.  Somos cuerpo y mente integrados en una única realidad personal en la que radica esta doble experiencia y en la que se juega y debate el conflicto que nos alcanza.  Precisamente así se gesta nuestra personal y actual Dolencia. Así llamamos a esa concreta Enfermedad ya instalada en la persona que somos, con su peculiar dinamismo y estructura. La enfermedad está en los libros, las historias clínicas, pero la dolencia se halla en las entrañas mismas de la persona enferma.       

            En estas situaciones, la primera actitud a recomendar es la apertura, Bien lo expresa Shakespeare cuando afirma: “Se debe dejar que hable el dolor, porque la pena que no habla, gime en el corazón hasta que lo rompe”. Compartir, ya supone alivio y camino hacia el remedio.

            Una segunda estrategia recomendable es la aceptación de la realidad que nos toca vivir, descartando rebeldías y adoptando actitudes y conductas positivas que conduzcan, en lo posible, a la resolución del problema: orientación, escucha, recursos médicos, apoyo espiritual o trascendente, etc.; de alta eficacia, todos ellos, en la atención de quien vive en el dolor o el sufrimiento. Es toda una joya la conferencia última del maestro Viktor Frankl bajo el título “Asumir lo efímero de la existencia”. el 23 de octubre de 1984 (Herder,2022)

            Un importante factor moderador o resolutivo del Sufrimiento es la dotación de sentido a la situación y estado, la búsqueda y encuentro de las posibles razones, en el    orden humano y trascendente, capaces de aportar un porqué con luz explicativa para esa concreta situación crítica que nos esté tocando vivir.  Es la “voluntad de sentido” que empapa toda la antropología y la doctrina psicoterapéutica de Víctor Frankl, el destacado psicoanalista judío y vienés que hubo de afrontar el cautiverio nazi en Auschwitz, lugar en el que perdió a su esposa.  Así lo relata en una de sus primeras obras, “El hombre en busca de sentido”.  ¡Cuánto recrece y madura la vivencia del sufrimiento útil! Y cuánta infelicidad depara el que no lo es, aquel que carece o escasea en su sentido y en su aceptación

            Otro horizonte, aún más amplio y brillante, es el que aporta una visión trascendente de la vida, una dimensión vertical que depara paz, luz y felicidad, tras alcanzar el pleno sentido de la propia vida. Así lo he reafirmado hace pocos días con la lectura de lo descrito por el anteriormente citado Dr. Navarro-Valls respecto a S. Juan Pablo II; cuando en circunstancias muy dolorosas que afectaban a muy diversas facetas de su persona, el Neurólogo que le atendía le preguntó “Santo Padre ¿cómo vive usted esta situación?”.  Si la pregunta aspiraba a conocer la impresión de su percepción física, la respuesta del Papa fue: “… y yo me pregunto ¿qué es lo que Dios quiere decirme con esto…?” Pensamos que esa expresión conlleva la raíz del significado profundamente humano, donde la enfermedad puede encontrar con plenitud una respuesta sobre su sentido fundamental, trascendente y definitivo.

 

Dr. Manuel Álvarez Romero. Médico Internista.

Dr. José Ignacio del pino montesinos. Psiquiatra,

Miscelanea Mayo 2026

APRENDIZAJE, SENCILLEZ Y AGRADECIMIENTO

 Valentín Fuster, director del CNIC y del Instituto Cardiovascular del Mount Sinai (USA), viene defendiendo que la salud emocional y la física forman un único sistema. En sus recientes trabajos ha mantenido la expresión de algunas constantes en la base generadora del buen hacer, De entrada, afirma que ha de entender que la felicidad es un estado/sentimiento derivado de una conducta que se construye en el sujeto que somos cada uno de nosotros cuando vivimos una especial conciencia y conducta. Antonio Dalmasio, neurólogo de elite en nuestros días ha escrito: «El sentido de la vida es crear algo nosotros mismos, y la felicidad es lo que nos permite lograrlo«.

Para ello propone cuatro claves que orientan la relación con el mundo y sostienen el bienestar. Y hace pocos años el Prof. Valentín Fuster proclamó el enunciado de las cuatro ‘A’ actitud, aceptación, autenticidad y altruismo— que son, para el eminente cardiólogo, el núcleo de una vida equilibrada. Nos dice que está convencido de que el bienestar surge cuando la conducta se alinea con un propósito porque así la sencillez permite resistir la presión del entorno sin perder la estabilidad emocional. Y esto genera una gran paz, razón de eficacia.

Sea la primera una Actitud Positiva y la mirada proactiva que permiten afrontar los quehaceres sin caer en la pasividad. Lleva a pensar un “Encuentro barreras, pero las voy a solucionar”. Desde la psicología positiva, la actitud proactiva se relaciona con la autoeficacia, la creencia de poder influir en los resultados. Diferentes estudios muestran que esta percepción reduce el cortisol, la hormona del estrés, favoreciendo la regulación emocional. Esta base bioquímica protege, consiguientemente, la salud cardiovascular.

La Aceptación es la segunda ‘A’. Y así Valentín Fuster critica la comparación constante que desgasta. Valorar la propia vida sin desear la ajena fortalece la autoestima y evita la frustración que surge de aspirar a estándares imposibles o ajenos.

La ciencia respalda esta propuesta. La aceptación es un eje del mindfulness y de la reducción del estrés. Las investigaciones muestran que evitar la comparación disminuye la actividad cerebral asociada a la amenaza y a la rumiación negativa. Esta reducción libera recursos cognitivos y permite centrarse en el presente, reforzando la estabilidad emocional y la autorregulación interna.

La tercera ‘A’ es la Autenticidad. Con la sencillez y simpatía que caracterizan al Prof. Fuster afirma que ser la misma persona en la mañana, tarde y noche define una riquísima coherencia personal. Y es que la identidad verdadera aparece en la adversidad y sabemos que, ante un infarto, un presidente y un hombre pobre son la misma persona. La autenticidad revela valores cuando caen las máscaras.

La psicología social valida esta necesidad de coherencia interna y las investigaciones sobre autenticidad personal confirman que la disonancia entre el yo real y el yo presentado al mundo es un predictor directo de mayores niveles de estrés. Sentir que se actúa contra los propios valores consume vastos recursos mentales. Por el contrario, la autenticidad se asocia con bienestar subjetivo y vitalidad.

El Altruismo es la cuarta ‘A’ y la más determinante. “La gente más feliz es la que da, no la que recibe”, afirma Fuster. Y avalamos que hay más felicidad en dar que en recibir. Sentirse útil para los demás, incluso en gestos cotidianos, genera una satisfacción estable y profunda. Para el cardiólogo, esta orientación social otorga propósito y es el componente más sólido de una vida emocional equilibrada.

La neurobiología moderna confirma esta tesis y las investigaciones muestran que los actos de generosidad activan el núcleo accumbens, centro de recompensa cerebral. Esta respuesta produce una satisfacción intrínseca que no depende de la validación externa. El cerebro humano está configurado para que la cooperación genere bienestar individual y cohesión social, reforzando el valor emocional del altruismo cotidiano.

Señala Fuster la necesidad de conseguir cimientos internos cosa que se viene a lograr con la dedicación al tiempo para la reflexión, al reconocimiento del propio talento, al saber sostener una mirada positiva y al apoyarse en figuras que nos orienten.

Para Fuster, esa combinación de introspección, vocación, optimismo y guía define la madurez personal que abre paso a las cuatro ‘A’ como estructura final del bienestar.

En trabajos similares a este, publicados repetidamente, hemos venido proclamando el modelo titulado como las cinco “A” que, desde una perspectiva similar a lo anteriormente expuesto pero más centrada en el Agradecimiento personal y operativo, propone estas expresiones: la Aceptación, la Asimilación, la Acción, el Agradecimiento y la Experiencia.

Y la experiencia en la clínica diaria nos convence, cada vez más, de la maduración reflexiva que se logra mediante la aplicación de estas pautas y modelos.

 

Dr. Manuel Álvarez Romero. Médico internista

Dr. José Ignacio del Pino Montesinos. Médico psiquiatra.

Actualidad Marzo 2026

La insoportable levedad del no ser

Entonces, ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad? ¿Cuál es el principio positivo y el principio negativo en este caso? Se preguntaba Milán Kundera evocando la interrogante de Parménides en torno a esa contradicción, la más misteriosa y equívoca de cuantas existen. Algo de ese enigma resuena en una obsesión que no me abandona desde hace tiempo. ¿Qué está sucediendo en las sociedades occidentales con la llamada crisis de la salud mental? Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa que decía Ortega. Hoy en día, más del 25 por ciento de la población mundial reporta sentimientos de aislamiento social y soledad, y más de 150.000 personas entre 15 y 29 años mueren por suicidio cada año. Mientras proliferan diagnósticos del fenómeno por doquier no abundan tanto la propuesta de soluciones efectivas y resurgen nuevas formas de antipsiquiatría.

 

La psiquiatría es heredera de ese matrimonio mal avenido pero indisoluble entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu y de su eterna disputa entre hechos y valores. Las personas son naturaleza e historia y padecen objetivamente enfermedades mentales y las sufren subjetivamente por más que algunos quieran reducir el todo por la parte olvidando sus respectivas historias vergonzantes, las de sus errores epistemológicos hijos de sus maximalismos fundamentalistas cuando no sectarios. Valgan de ejemplo el gen rojo de la psiquiatría oficial franquista o el delirio reformista de la Rusia soviética aplicado a sus disidentes correspondientes. Me retrotraigo tanto para no alimentar discusiones bizantinas actuales entre lo biológico y lo social ‘ad hominem’ tan destructivas como inútiles que nos abocan a la pérdida de oportunidad.

 

Sí, en la historia de la psiquiatría han tenido importancia decisiva ‘las contingencias históricas’ al agrupar un conjunto de disciplinas heterogéneas neurocientíficas y psicosociales especialmente influenciable por consideraciones políticas, sociales y económicas. Las crisis de la psiquiatría no han sido otras que las de las sociedades a las que pretendieron dar respuesta. Paradójicamente o no tanto asistimos a la vez a un tiempo que no ha conocido el poder represor ni la miseria material de los que nos precedieron. Anticipando la incomodidad de algún joven lector en su asiento convengamos al menos que no en las trágicas dimensiones de antaño. No en vano decía Amartya Sen que «cuanto más gasta una sociedad en cuidados de salud, más proclives son sus ciudadanos a considerarse enfermos». Ya, ya sé que cada generación tiene sus dolores, sus crisis y sus desafíos existenciales. Y son esos precisamente los que me interesan. Han proliferado taxonomías que las separan en anteriores y posteriores al proceso de digitalización: la generación del silencio de los niños de la guerra civil marcados por la austeridad y la del ‘baby boom’ y su explosión demográfica caracterizada por la ambición o la generación X de la Transición y su obsesión por el éxito en un mundo aún analógico; y la generación ‘millenials’ y la generación Z nativos digitales caracterizados por la frustración y la irreverencia respectivamente. Valga la generalización. Entre esos dos ejes digitalización y deconstrucción jerárquica ha emergido la emoción como principio único de autoridad y legitimación moral. Una suerte de adolescencia eterna parece habernos poseído.

 

El escepticismo radical en torno a toda noción de certeza o posibilidad de verdad ha dado al traste con todos los sistemas de creencias anteriores divinos y mundanos como describen magistralmente Pluckrose y Lindsay en sus ‘Teorías cínicas’. «Se han proscrito explicaciones amplias y cohesionadas del mundo y de la sociedad, rechazado el cristianismo y el marxismo clásico. También la ciencia, la razón y los pilares de la democracia liberal. Lograr un acceso igualitario a escombros no es un objetivo que merezca la pena». Hemos matado a Dios y rematado a los padres. Y no es que eche de menos esas tablas de la ley que aplastaban toda posibilidad de proyecto existencial autónomo. Esa pesadumbre de vivir melancólica que aliviaba Delibes con la sola presencia de su mujer de rojo sobre fondo gris. Entonces no se podía dudar y allá donde se proscribe la duda emerge la tiranía. Conozco bien esos movimientos reaccionarios o revolucionarios que aniquilan moralmente al adversario convertido en enemigo y pugnan por resurgir disputándose qué deriva antiliberal de las dos, diestra o siniestra, se saldrá con la suya. «El mal no es radical, es extremo, carece de profundidad y puede devastar el mundo entero, precisamente porque sigue creciendo en la superficie como un hongo», como escribía Hannah Arendt. Es de una frivolidad obscena. Algunos han deconstruido tanto que se olvidaron de construir. Y a fuerza de dudar enloquecieron de duda. Quien no puede cambiar de opinión es un fanático, pero quien no quiere o no puede dejar de hacerlo es un cínico. Entre ambos el justo medio aristotélico, la coherencia, la consistencia y la persistencia flexible que caracteriza a los estadistas frente a los populistas. Como dice el psicoanalista Recalcati hoy «lo que se halla en primer plano no es ya la opresión del tabú, sino su evaporación. Hemos perdido puntos de referencia, límites, carecemos de brújula y adolecemos de ley simbólica. ¿Consiste la libertad realmente solo en verse empujados aquí y allá como tapones de corcho en las aguas bravas de un mar sin bordes?». «La angustia hipermoderna, el vértigo, un vacío sin nombre se abre bajo nuestros pies y tiritamos de miedo y de frío huérfanos de la razón cordial», que diría Adela Cortina. La llamada generación ansiosa de Haidt perdida paradójicamente entre la sobreprotección y la intemperie. No sabemos lo que queremos, pero lo queremos ya. Durkheim lo describió con maestría, el suicidio anómico que no anímico, el que se da cuando existe una falla o dislocación de los valores sociales, que lleva a una desorientación individual y a un sentimiento de falta de significación de la vida. La única ley es la ausencia de ley, su cancelación. ¿Les suena? Pero volvamos al peso, o a la falta de peso. Decía Luri que «en todo grupo humano tiene que haber alguien que se resigne a comportarse como un adulto». Y esto vale para una familia, una organización o un gobierno. Asumir la cuota de responsabilidad que corresponde. Más cuanto mayor sea la representación institucional que se ostente ¿Cuál es tu propia parte en el desorden del que te quejas? que escribiera Lacan en su concepto de rectificación subjetiva. Prueben a hacerse esa pregunta y a responderla sin autoengaño. Se convertirán en cortafuegos del populismo.

 

En la pirámide de necesidades humanas de Maslow, en su vértice, se encuentra el ser, la autorrealización, el sentido de propósito y transcendencia secular o confesional, el que nos permite la coherencia interna y el arraigo con algo más grande que nosotros mismos. A ese ser se ha referido la sabiduría ancestral y el existencialismo en diferentes perspectivas, aunque yo me quede con Camus y Frankl.

 

Siempre creí intuitivamente que Kundera erró en su título, quizá porque la densidad que invocaba la refería a la necesidad del eterno retorno. Algo fuera de él que diera consistencia a cada elección única e indelegable pero en otras vidas. El atribuía a la carga más pesada la más intensa plenitud de la vida, y cuanto más pesada la primera, más real y verdadera la segunda. Y que por el contrario, la ausencia absoluta de carga haría al hombre real sólo a medias y sus movimientos serían tan libres como insignificantes. Me temo que hoy sí es el no ser lo que resulta insoportable. Seguimos buscando el sentido y preguntándonos por él por más que porfiemos de su anacronismo. Sólo nosotros podemos responder y hemos de hacerlo con razones de peso. De otro modo lo harán por nosotros y será demasiado tarde.

 

SOBRE EL AUTOR

Mercedes Navío Acosta –  (psiquiatra y escritora)

17/07/2024 ABC.

 

Miscelanea Marzo 2026

El sentido del sinsentido

“Más importante que la vida de una persona sea

placentera o penosa es que esa vida tenga un sentido.”

Viktor Frankl (1905-1997)

aquí estamos en tiempos veraniegos, como todos los años, quejándonos del calor, pero dispuestos a aceptarlo si viene acompañado del esperado descanso. La llegada de las vacaciones es siempre un buen momento para ralentizar el ritmo de vida que llevamos cotidianamente. Durante el resto del año el trabajo con sus madrugones y horarios laborales agotadores apenas dejan tiempo libre para algunas actividades de ocio y el descanso.  Aunque hay quien dice que esto tiene una vertiente positiva, pues permite no plantearse problemas que cuando los pensamos con tranquilidad podrían angustiarnos. Es el viejo dicho de: “Lo urgente no deja tiempo para lo importante”.

Distintos terapeutas han enfatizado el tema del sentido en la vida de las personas. En el pasado siglo XX, el psiquiatra suizoestadounidense Adolf Meyer fue reconocido como el padre de la Terapia del sentido común. Y más adelante, en ese mismo siglo, el también psiquiatra Milton Erickson asombró al mundo con su “Terapia del sinsentido” (traducida al español como “Terapia no convencional”) que desafiaba la terapia lógica y razonable con soluciones aparentemente disparatadas. Este camino fue estudiado por otros terapeutas y aquí encontramos a otro viejo amigo, el psicólogo austroamericano Paul Watzlawick, quien en su libro “El sinsentido del sentido o el sentido del sinsentido” además de aportar valiosos recursos terapéuticos y reconocer nuestros numerosos condicionamientos, señala claramente que no estamos determinados por ellos:

“Nosotros no somos factores computables. Por un lado, estamos condicionados mediante las propiedades del sistema al que pertenecemos, pero también estamos en condiciones de poder intervenir de modo autónomo y generar cambios.”

Por mucho que las circunstancias nos presionen, podemos decidir cambiar y es en el verano, con más tiempo libre para pensar y replantear qué estamos haciendo con nuestra vida, cuando podemos tomar importantes decisiones. Estas indefectiblemente tendrán consecuencias y, ¡ay!, no todas serán positivas. No en vano en España septiembre es llamado “el mes de los divorcios”, pues durante el mismo hay casi un 40% más que en el resto del año. Resumamos la cuestión, sabemos que seguir hacia adelante sin saber a dónde vamos no conduce a nada bueno, pero pararse y decidir sin ser capaz de calibrar adecuadamente la situación para reorganizarse, tampoco parece la mejor de las soluciones. Recordemos que destruir siempre es más fácil que reconstruir, y que no necesariamente significa que por no ser difícil sea lo más satisfactorio.

Desde el psicólogo Abraham Maslow es conocido que todos tenemos una jerarquía de necesidades imprescindibles para vivir y alcanzar la felicidad. En la base se encuentran las necesidades fisiológicas (comida, bebida, sueño…), y, una vez satisfechas, nos planteamos la necesidad de seguridad. Después, si nos sentimos a salvo, precisaremos aceptación, formar parte de un grupo. La siguiente meta que debemos superar es la necesidad de estima, sentirnos apreciados y recibir afecto de quienes nos rodean. Y ya, finalmente, si todo lo demás se ha conseguido sólo falta la necesidad de autorrealización, sentirnos satisfechos con lo que estamos haciendo en y con nuestra vida.

A este respecto otro psicoterapeuta también humanista, el psiquiatra Viktor Frankl advierte que: “El hombre puede autorrealizarse sólo en la medida que se olvida de sí mismo”. Importante aviso. Estamos de acuerdo que necesitamos el descanso vacacional, pero quizás no sea tanto para mirarnos el ombligo, sino como para poder compartir(nos) con familia y amigos sabiendo que eso realmente es lo que nos hará sentirnos mejor.

Y es que como el propio Frankl nos recordaba al inicio que lo más importante en nuestra existencia es saber el sentido que le damos a la misma. Y con él afirmamos, a pesar del maremágnum en el que nos desenvolvemos cotidianamente, que la vida tiene sentido, pero que depende de cada uno el encontrar cuál es el suyo propio. ¡Buena búsqueda y mejor verano!

 

Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista  

Dr.  José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra

 

Miscelánea, Febrero 2026

Cultivando el sentido de nuestro vivir

El sentido de la vida es un pilar fundamental para el bienestar psicológico en general y alcanza a la buena marcha de la salud general y el bienestar. Mantiene en gran medida la proteger la salud global y el deseable equilibrio general de la persona.

Viene a ser algo, un horizonte que no nos llega, sin más, de fuera, sino que es algo que elaboramos nosotros mismo en el largo y personal viaje de nuestro vivir. Nos ilumina como un chispazo, pero va prendiendo la llama que enciende en nuestra cabeza y en nuestro corazón, actuando como una brújula interna que guía la toma de decisiones y proporciona coherencia a la identidad personal. Cuanto bien nos regala el sentido de nuestro vivir, generando luz para el caminar de nuestros pasos y nos ayuda a ver, como las luces largas de un coche, un cierto horizonte y la paz consiguiente a la seguridad que nos alcanza.

Desde la perspectiva de la salud mental global podríamos destacar algunos campos en los que se manifiesta la significativa y eficiente acción de nuestro exclusivo sentido de vida. Y especialmente en estas áreas clave:

  1. Como factor de protección y resiliencia:
  • Prevención de trastornos al instaurar un propósito claro que fortalece las bases de la salud mental y actúa como un factor protector ante las posibles psicopatologías.
  • Abordaje de las crisis, ayudando a superar crisis existenciales que, de otro modo, podrían debilitar o retardar el bienestar cognitivo y emocional del sujeto.
  • Recuperación física y mental tal como destacan las investigaciones, dado que el mayor bienestar emocional derivado de la seguridad adquirida reduce el riesgo de pérdida de memoria y mejora la respuesta del sistema inmunológico. 
  1. Prestando estabilidad emocional y cognitiva
  • La reducción del estrés conseguida en las personas con un sentido de vida definido, determina que lleguen a experimentar niveles más bajos de estrés y reportan una mejor calidad del sueño.
  • El sentimiento de valía tiendea generar un propósito y vivencia y sensación de ocupar un lugar significativo en el mundo, lo cual resulta esencial para la autoestima y el bienestar social.
  • En cuanto a la dirección y motivación infunde una motivación trascendente que permite al sujeto a superar sus propios límites y encarar el futuro con mayor claridad y decisión. 
  1. Impacto en la Salud Integral

La pérdida del sentido de vida no solo afecta a la mente, sino que puede llevar al descuido de la salud física, afectando hábitos como la alimentación, el ejercicio y el autocuidado y afectando a la búsqueda activa de la felicidad que optimiza la vitalidad general. 

Podemos soñar en que con estas consideraciones y recomendaciones de salud mental se enfatiza la prioridad del crecimiento personal y de la autocompasión como vías para fortalecer el deseado y necesario sentido de nuestra propia vida. 

 Manuel Álvarez Romero – 1/2/2026

Actualidad Febrero 2026

¿HACIA DONDE VA HOY LA FAMILIA?

La inmensa mayoría de los humanos apuestan, sin duda, por la familia considerándola como el ancla biográfica que aporta raíces, estabilidad y seguridad. Es la institución que mejor y más rápidamente responde a las necesidades de ayuda de cualquiera de sus miembros. Nadie podrá oponerse a considerarla la “ong” por excelencia. Cuando la familia tose o se acatarra, la sociedad sufre una grave neumonía de imprevisibles consecuencias.  Si la familia es caótica todos sus componentes sufrirán una anomalía o patología asumibles con mayor o menor coste y dolor. Si la familia es armónica y adaptable a su entorno todas las dificultades que surjan por cualquier causa serán motivo de entrega y superación colectiva.

            Siendo esto así, y con carácter universal, tanto en el tiempo como en el espacio, podemos estudiar las oscilaciones dinámicas y los factores, intra o extrafamiliares que causan, con mayor frecuencia, las dolencias de la familia y, de una manera más o menos directa, los grandes conflictos de las sociedades contemporáneas.

            Acude a mi memoria la ocasión en la que un gran amigo y colega –el Dr. Francisco Lozano (miembro de la Sociedad Andaluza de Medicina Psicosomática)- sobre “La familia como soporte de la salud mental hoy” señalando la directa correlación habitual entre la salud de la familia concreta y la de sus miembros.

            Si delimitamos un diagnóstico/pronóstico hemos de señalar Comencemos por delimitar conceptos y posiciones.  La familia está hoy, como veremos, con una salud bastante afectada que podríamos calificar, al menos, de pronóstico reservado.  Lo demuestran las cifras de matrimonios celebrados, las rupturas, los bajos índices de natalidad, la creciente infertilidad en hombres y mujeres, la relación con los ancianos y minusválidos, los debates en torno a la ideología de género, etc.…Y no es ajeno a ese lamentable bagaje estadístico la falta de paz y de respeto que tanto abunda, desgraciadamente, entre los habitantes de este mundo que nos ha tocado vivir y padecer, a veces como víctimas y otras como causantes de infelicidad en nuestros congéneres.

            La familia de hoy genera y sufre una alta tasa de psicopatología (ansiedad, depresiones, adicciones, síndromes de hiperactividad-déficit atencional, psicopatías, etc.), así como una hipersaturación de influencias condicionantes que la perturban en su necesaria capacidad adaptativa hasta dar lugar a la llamada familia pastiche o indiferenciada y con una personalidad poco satisfactoria.

            Siendo la familia la principal escuela del respeto y la confianza, piezas esenciales de la sociedad civilizada, se reconoce como anulada en su papel educativo, por el selvático y agresivo desprecio que divide a los ciudadanos en depredadores y depredados. Dos bandos que acaban por victimizar a todos sus integrantes, es el resultado de la prevalente polarización de tantas sociedades contemporáneas.

            Uno de los factores intrafamiliares que abunda es la ruptura familiar y los conflictos que la preceden, generadores ambos de un estrés crónico de resultados patógenos bien conocidos.  La ausencia de una bien fundamentada y ostensible coalición marital fuerte, puede ser sin duda la consecuencia de la degradación de valores que nuestra decadente civilización occidental ha ido dejando como rastro.  Tanto pensamiento basura y tanto querer egocéntrico o de corto alcance dan de si lo suficiente para las consecuencias descritas.

            Contando con los diferentes ámbitos geográficos y los avatares culturales, económicos y jurídicos-políticos se pueden definir en algunos países o zonas geopolíticas las denominadas corrientes de ida y vuelta como, por ejemplo:

  • El crecimiento y el estímulo de la natalidad en varios países de la Unión Europea.
  • El aumento de matrimonios en países bálticos y escandinavos.
  • El aumento de natalidad en estos mismos países.

Y también ciertos índices muy clarificadores que aún se encuentran estancados en otros países de la Unión Europea, por desgracia en el nuestro de manera ostensible, tales como:

  • El exponencial aumento de rupturas matrimoniales cuando se implanta el divorcio exprés.
  • La alienación de la figura tradicional de la familia y la rendición de la institución familiar a la cultura reinante para desgracia de todos y especialmente de las nuevas generaciones.

            En resumen y como punto final a este artículo, al ser la familia sana un efecto de la relación permanente entre los cónyuges, basada en el amor, la fidelidad y la entrega mutua, hemos de admirarla como la única institución de la sociedad que, a cada uno, nos quiere por lo que somos y no por lo que damos o producimos.  Por eso, resulta obvio que de la salud e integridad de la familia va a depender en gran medida, la de la humanidad.  De ahí la necesidad y el empeño que deberíamos mostrar todos los ciudadanos, ayudados por los expertos y con el beneplácito de los políticos, gracias a las iniciativas legislativas y presupuestarias adecuadas, en favorecer medidas que la hagan muy saludable, fuerte y con proyección de futuro.

            Manuel Alvarez Romero