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Miscelánea, enero 2026

¿Es el Sagrario el mejor psiquiatra?

La salud espiritual corresponde a Dios y la salud mental al médico. Aunque la vida espiritual puede favorecer la salud, sustituir a los profesionales por Jesucristo puede manifestar ignorancia, falta de formación espiritual, o un posicionamiento espiritual patológico.

 

A veces me dicen que el mejor psiquiatra es el Sagrario. A lo que suelo responder: sí, y también el mejor ginecólogo y el mejor traumatólogo. No les hace gracia, pero a Dios sí, que es el mejor humorista.

Pero, ¿qué se puede esconder tras esa referencia a Jesús como psiquiatra? Quizá es que se acude a los psiquiatras para resolver asuntos que no son tanto de salud mental como de salud espiritual, para atender problemas de la vida que no son médicos; o que se les pide que quiten un sufrimiento que es necesario pasar como ser humano completo que se desarrolla. La ciencia refiere que una verdadera vida espiritual -independientemente de la religión- facilita una mejor salud mental por las consecuencias de aceptación, abandono, conexión con uno mismo, trascendencia hacia la naturaleza y las personas, y capacidad para la comprensión y la compasión.

Algunos persisten en explicarme por qué Jesucristo sí es el mejor psiquiatra, mientras imagino a Jesucristo diciendo que “al César lo del César”, y que no ha venido a resolver herencias, ni otros asuntos humanos.

Dios puede hacer el milagro y curar cualquier enfermedad, pero normalmente nos anima a ir al médico, poner los medios a nuestro alcance, atender a su presencia ordinaria en las manos de otros, y que no pidamos lo que corresponde a nosotros resolver, curar o atender. No parece que el Jesús adolescente resolviera las dificultades del trabajo artesano de José.

Ver a Jesús como responsable de resolver mi salud, sería como considerar que el mejor servicio de mensajería es el ángel custodio, porque a santa Gema le llevaba las cartas, o que el mejor cañón antiaéreo es el padre Pío, porque se apareció en el aire a unos pilotos de unos bombarderos y los apartó de su pueblo. A Dios lo que es de Dios, y al médico lo que es del médico, y que cada quien se rasque con sus uñas.

¿Puede un enfermo mental ser amado por Dios y amar a Dios? Hay quienes se sorprenden mucho cuando les cuento que hay santos canonizados que

tenían problemas de salud mental: san Luis Martín, padre de Teresita, estuvo tres años en un manicomio; san Camilo de Lelis fue ludópata; san Josemaría padeció insomnio; Josefina Bakhita tenía síntomas de estrés postraumático por los abusos sufridos; santa María Egipciaca tuvo adicción al sexo y san Óscar Romero un Trastorno Obsesivo Compulsivo, en fin, personas normales como tú y como yo, que amaban a Dios y que necesitaban un médico.

¿Puede el trato con Dios favorecer la salud mental? Hay cuatro líneas que podrían facilitar que el trato personal con Dios genere salud mental:

1.- Eres bueno. Dios te ama porque sí, porque eres. Eres predilecto, amado antes, y no tienes que hacer nada especial para que Dios te ame. Él ya lo hace, aunque tú no se lo pidas. Él te invita a la fiesta del Amor y tú, si quieres, te sumas y disfrutas. Esto es muy potente para la estima personal, para el modo en que te vinculas a los demás y desarrollas tu estilo de apego, y para la seguridad en ti mismo: ¡cómo no vas a estar sereno, seguro y optimista si todo un Dios anda enamorado de ti! Eres una persona digna, válida, única, auténtica.

2.- Tienes energía, y esa energía es buena. El ser humano se desarrolla, potencia sus habilidades, es capaz de tener ideas, inventar, crear arte, transformar la materia. ¡Creced, multiplicaos y gobernad la tierra! Has heredado toda esa potencia de Dios, aprovéchala, no te quedes quieto, desarrolla tus talentos. Aprender todo esto en una catequesis, animará a no tener miedo al progreso, a la propia fuerza, a la libertad de uno, a ser consciente de que se puede dirigir la propia vida. Eso sí, que tus acciones te personalicen, te autentifiquen y potencien tu propia identidad, lejos de la cultura del éxito y de la comparación.

3.- Tienes limitaciones, luego, custódiate. Dios te ama, y ama tus proyectos, y a la vez te recuerda que no eres Dios y que por lo tanto es necesario que te cuides, que descanses, que proporciones tus expectativas, que pongas límites, que te preguntes por lo bueno para ti, que no todo te conviene.

4.- Necesitas ser transformado. Al igual que la Trinidad, el hombre es relacional, gracias a las relaciones interpersonales tu identidad se desarrolla más. No se trata ya de que tu libertad termine donde empieza la mía, sino que mi libertad se mejora, se enriquece y se potencia gracias al encuentro con la tuya, en el roce del día a día con tantas personas. No es sólo que sea

Dios quien me transforma, sino que la presencia de Dios en cada una de las personas con las que me relaciono me interpela para hacerme presente, y practicar aquello de amar a los demás como a uno mismo, con la paradoja de que al darme me poseo más.

Psiquiatras hay muchos, Salvador solo hay uno.

 

Dr. Carlos Chiclana · Psiquiatra.

Omnes, 3-enero-2026

Actualidad, enero 2026

Logros y retos - Enrique Rojas Catedrático de Psiquiatría

«Hacer balance significa arqueo de caja, es decir, exploración de cómo ha ido el año, de nuestro proyecto de vida que debe tener cuatro piezas esenciales en su interior: amor, trabajo, cultura y amistad. La vida es abierta, incompleta, provisional, interminable, siempre por hacer, que nunca está finalizada ni concluida»

NIETO

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Llega un año nuevo. Cuántas cosas pasan por mi cabeza en estos momentos. Pero todas ellas, a la postre, se resumen en dos operaciones sucesivas: análisis de lo sucedido y síntesis. En una palabra: balance, hacer recuento de cómo han sido las cosas. Y aquí hay dos temas a destacar: logros y retos.

Logros son los resultados alcanzados. Miramos al pasado y valoramos lo conseguido. Es importante distinguir entre metas y objetivos. Las metas son demasiado amplias, un poco difusas, de perfiles desdibujados. Los objetivos son medibles, superconcretos. Por ejemplo, alguien dice «me propongo como meta en este 2026, tener más cultura», eso es algo demasiado impreciso; el objetivo es «me propongo leer dos libros al mes». Valorar las cosas que uno ha conseguido es importante y produce un caleidoscopio de sentimientos positivos: alegría, satisfacción, recompensa, y una elevación de la autoestima, porque soy capaz de que mis sueños (concretos) se hagan realidad.

Paseo la mirada por estos paisajes psicológicos. Me abro paso entre masas de pensamientos y en ese bosque espeso me detengo en un río, en un monte, en un valle… Y veo el águila bicéfala que mira hacia el pasado y hacia el futuro que serpentea su mirada hacia detrás y hacia delante. Las fronteras entre los argumentos fundamentales del ser humano se hacen difusas, etéreas, desdibujadas, borrosas, vaporosas. Es la apoteosis de la movilidad de los cuatro grandes temas de la existencia humana. Lo veremos enseguida, la madurez es un tema poliédrico. Los psicólogos y los psiquiatras bajamos al sótano de la persona para estudiar los mecanismos que dirigen su comportamiento en el día a día.

Los retos son objetivos medibles que nos ayudan a crecer como seres humanos. Miran hacia el futuro. Y hay un binomio esencial para irlos consiguiendo: motivación y voluntad, ilusión y capacidad para superar las dificultades.

Hacer balance significa arqueo de caja, es decir, exploración de cómo ha ido el año y aquí exploramos nuestro proyecto de vida que debe tener cuatro piezas esenciales en su interior: amor, trabajo, cultura y amistad. Y como telón de fondo, las aficiones: el reposo del guerrero cuando deja su actividad laboral. La vida es abierta, incompleta, provisional, interminable, siempre por hacer, que nunca está finalizada ni concluida. Por eso la vida es, de algún modo, imprevisible; de ahí su carácter dramático: siempre puede ocurrir cualquier cosa. El hombre está siempre en continua interrogación de sí mismo, resolviéndose como problema.

Hoy vivimos en la cultura de la inmediatez. Un chico joven dice: lo quiero todo y lo quiero ya, y no quiero aplazar las recompensas. Y esto conduce a algo de lo que me gustaría llamar la atención: se cambia el sentido de la vida por sensaciones, que son experiencias placenteras puntuales una detrás de otra, y esto produce una dispersión, un estar desparramado.

Yo fomento desde hace mucho tiempo la cultura del esfuerzo, que consiste en trabajar la voluntad como pieza esencial de nuestra ingeniería psicológica. La voluntad es más importante que la inteligencia. Si uno tiene educada la voluntad, sus sueños se hacen realidad. La voluntad es la joya de la corona de la conducta, y el que la tiene posee un tesoro.

La vida es la gran maestra. Vivir es aprender. Vivir es hacer algo que merezca la pena con la propia vida, cada uno según sus posibilidades y puntos de partida. Y lo más grande es poner amor e ilusión en las tareas que uno lleva hacia delante. Todo se ha vuelto hoy rápido, vertiginoso, inmediato, urgente. Es la exaltación de lo efímero. Todo se contempla a corto plazo. Invito a mis lectores a tener perspectiva en la vida personal. Ser capaz de tener una visión larga de la propia biografía. Mirar por elevación. Poner las luces largas y no quedarse uno estancado en vivencias negativas, en fracasos, en errores, en derrotas o en decepciones. He visto derrotas de cierta importancia que, al cabo de un tiempo, se han convertido en auténticas victorias. La derrota enseña lo que el éxito oculta, y le damos la vuelta a los hechos: hay derrotas que se tornan en triunfos. Lo que te ayuda a crecer como ser humano son los fracasos. A muchos les despertó una derrota importante y a otros los adormeció un éxito temprano. Lo voy a decir de un modo más rotundo: los que pierden, ganan. Y para eso hay que utilizar bien el corazón y la cabeza. Los instrumentos afectivos y las herramientas intelectuales.

Decía José Ortega y Gasset «yo soy yo y mi circunstancia… y mi vida es la realidad radical». Decía Julián Marías que la vida humana se caracteriza por una «pluralidad de trayectorias entrelazadas de argumentos». Decía Sigmund Freud, el padre del Psicoanálisis, que una persona equilibrada es «capaz de unificar los instintos básicos (el ello), las normas sociales y éticas (el superyó), y la realidad, lo que está objetivamente delante de nosotros». Decía Camilo José Cela, «el que resiste, gana».

Quiero terminar hablando de la felicidad. La felicidad es una vida lograda, que significa haber intentado sacar el máximo partido de nuestras posibilidades, pero sin pedirle a la vida lo que no nos puede dar. Una felicidad razonable. Una buena relación entre lo que uno ha deseado y lo que uno ha conseguido. Administración inteligente del deseo. Acabo de dar un curso sobre la felicidad en México y explicaba a los asistentes que hoy existen escalas de evaluación de conducta diseñadas por psicólogos y psiquiatras que, mediante cuestionarios bien elaborados y validados, cuantifican el grado de felicidad que una persona tiene.

La felicidad consiste en la mejor realización de nuestro proyecto personal. Y aquí exploramos dos piezas claves: personalidad y proyecto de vida. Y la coherencia, que es una buena relación entre la teoría y la práctica, entre lo que uno dice y lo que uno hace, y que se convierte en el puente levadizo que nos conduce al castillo de la felicidad. La felicidad es el sufrimiento superado. Y la infelicidad es un sótano sin vistas a la calle. La felicidad es plenitud y olvido de lo negativo, logros partido por expectativas.

ABC Sevilla 3-enero-2026

              

Miscelánea diciembre 2025

Salud Mental y Humanismo Médico

Con el corazón herido

“Vivid tranquilos, en medio del alboroto y las prisas,

y recordad la paz que se puede encontrar en el silencio.”

Max Ehrmann (fragmento de Desiderata, 1927)

 

Es propio de la contingencia del corazón humano el que siempre pueda ser dañado de modo accidental por falta de cuidado o por desgaste en el vivir. Parece obvio que el corazón de nuestra época recibe y sufre heridas con mayor frecuencia y quizás intensidad que en otras anteriores. Y esta consideración acude a la mente por el libro recientemente aparecido del físico coreano-alemán y profundo filósofo converso al cristianismo Byung Chul Han, titulado “Sobre Dios”. En él se recoge una descripción del panorama mental y emocional de nuestro tiempo siguiendo la guía del pensamiento de la filósofa y activista Simone Weil, que vivió su azarosa vida un siglo antes que el citado Han,

Estas líneas entrañan una mirada al espejo del vivir, a las imágenes que la realidad genera y reflejan la ausencia de la trascendencia en el propio vivir. Se descubre, a través de esa ventana virtual tantas veces inadvertida por el hombre y tan necesaria, el empobrecimiento y la erosión de la capacidad de atención por distracciones no queridas o buscadas que se han ido instalando en nuestras vidas. Y es que la imaginación crece de modo continuado y en forma de trampa al servicio del ego, llegando a una situación deficitaria de “nutrición humana”, que se puede denominar autofagia espiritual, y que constituye un camino certero hacia el deterioro personal y la muerte.

Suele suceder que nuestra atención no está pilotada por la razón ni por el buen pensar, no es ayudada hacia los principios nutritivos intelectuales y emocionales que conducen a una vida sana y a un desarrollo equilibrado y satisfactorio. Falta saber esperar y estar bien disponibles para tomar las decisiones que más convengan y “nos nutran”, en lugar de jugar a la ruleta como hacemos en el mayor parte de nuestras decisiones. Esta reiteración azarosa nos irá debilitando y deteriorando, haciendo eco al pensamiento, escritos y vida de la trágicamente desaparecida escritora británica Virginia Woolf. Se propicia

inadvertidamente la renuncia al yo trascendente, tan propio del vivir lógico y bien pensado que habría de conducir o reconducir nuestras vidas. Y es aquí donde radica en muy alta proporción la necesidad de recuperar el amor como base de nuestras opciones y decisiones, solo así se puede vivir evitando caer en la ética del vacío, la ética del poder o la ética de la seducción.

Estas consideraciones nos recuerdan lo que ya aprendimos del maestro de la Medicina Psicosomática Juan Rof Carballo. En su último libro Terapéutica del hombre desarrollaba el valor del buen crecimiento en el vivir gracias a las decisiones bien tomadas en nuestro cerebro. Solo así cabe el poder conquistar la gentil elegancia y la generación de una enraizada paz personal. Y puede destacarse el terreno en el que ha de sustentarse esta toma de sanas decisiones: la necesidad del silencio frente al ruido del vivir. Una bulliciosa atmósfera que busca ciegamente la ambición del logro, del poder o el someter conduce al desgaste y, tantas veces, al sentimiento de fracaso y de vacío. Y es que el silencio en el vivir interior no genera ganancias inmediatas, pero el ruido sí causa desgaste y conduce a la extinción de la vida. Y volvemos a Simone Weil cuando apuntaba que no hay felicidad como el silencio interior, contando con que los sentidos desgastan de modo oculto e inadvertido, tal como ocurre en el ámbito metabólico del ser humano con las vitaminas y los oligoelementos.

¡Cuánto hemos trabajado los autores de estas líneas en el papel del dolor y el sufrimiento para la búsqueda de la felicidad de la persona! La práctica clínica desde la Medicina (particularmente la Psiquiatría) y la Psicología son caminos que hemos de recorrer para ayudar a alcanzar este ansiado logro.

Y quizás todo se reduzca a que nos falta el necesario silencio para el diálogo interior con nosotros mismos y con los demás. Quizá tendríamos que proponernos hacer algún máster o maestría como empresarios de nuestros proyectos personales y sociales. Y esa formación permanente necesariamente debe incluir la dimensión trascendente y sobrenatural ─en el sentir de Simone Weil─ pieza fundamental en la arquitectura del alma humana; un aspecto que actualmente es cada vez menos reconocido y, por desgracia, está siendo muy descuidado y olvidado por cada uno de nosotros.

Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista

Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra

Actualidad diciembre 2025

RAFAEL DOMINGO OSLÉ SED DE DIOS

ABC 3/12/2025 

En los últimos años, ha surgido un fenómeno notable entre la juventud: una sed de espiritualidad que el consumismo y el materialismo no han logrado calmar. Esta sed no es pasajera ni superficial; es una necesidad intensa y profunda, que a menudo se manifiesta de formas inesperadas. Películas como ‘Los domingos’, el nuevo disco de Rosalía y el reciente libro de Byung-Chul Han sobre Dios, inspirado en el pensamiento de Simone Weil, son ejemplos claros.

Sin embargo, no se trata de cualquier concepción de Dios. La juventud contemporánea no se siente atraída por la caricatura de Dios que tantas veces hemos construido en nuestras mentes, incluyendo las de algunos cristianos. Esta imagen de un Dios omnipotente pero justiciero, vengativo e inmisericorde, que solo sirve para satisfacer intereses egoístas, es insatisfactoria y problemática. Este tipo de divinidad no es digna de fe; de entrada porque constituye una fuente de conflictos internos y externos. La razón misma me lleva a rechazar a un dios así, que no puede ser el verdadero Dios.

En una ocasión, se le preguntó a la Madre Teresa qué o quién era Dios para ella. Su respuesta fue clara y conmovedora: «Dios es amor y te ama. Nosotros somos preciosos para Él. Nos ha llamado por nuestro nombre. Le pertenecemos. Nos creó a su imagen y semejanza para grandes cosas. Dios es amor, Dios es alegría, Dios es luz. Dios es verdad».

El apóstol san Juan dejó escrito, con letras de fuego, en su primera carta: «Dios es Amor». Esta afirmación no es meramente una declaración teológica; es la esencia misma de la divinidad. La

naturaleza de Dios se define por el amor. Todo lo que le rodea es amor. Cualquiera que sea el enfoque filosófico o teológico que adoptemos al acercarnos a Dios, inevitablemente nos enfrentamos al mismo misterio insondable: Dios, creador de todo lo que existe, es Amor. Este es el mayor secreto que Dios podría revelarnos.

La principal consecuencia de esta verdad es que vivir es participar en el amor de Dios. Vivir implica amar y ser amados, dar amor y recibir amor. La eternidad se convierte, entonces, en una invitación a amar eternamente. Este amor divino, como bien explicó Benedicto XVI en su inmortal encíclica ‘Deus caritas est’, se manifiesta en dos dimensiones: eros y ágape. Estas son las dos caras de la misma realidad amorosa.

El eros se entiende como un amor posesivo y vehemente, un amor que desciende desde lo alto, que se manifiesta en las experiencias espirituales de innumerables personas a lo largo de la historia, como Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Francisco de Asís, Hildegarda de Bingen, el maestro Eckart, Buenaventura, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Blaise Pascal, G. K. Chesterton, Pável Florenskij, Charles de Foucauld, Edith Stein, Thomas Merton, el Padre Pío de Pietracina, Josemaría Escrivá, Harold Berman o la Madre Teresa de Calcuta, entre otros muchos. Por otro lado, el ágape es un amor donacional, oblativo, que busca el servicio y el bienestar del otro.

Simone Weil, autora de moda en nuestros días, escribió extensamente sobre su experiencia espiritual en sus diarios y ensayos. En uno de sus relatos, narra una hermosa vivencia que tuvo durante un breve viaje a Asís, en 1937. Dice la filósofa: «Allí, sola en la pequeña capilla

románica del siglo XII de santa Maria degli Angeli, incomparable maravilla de pureza, donde tan a menudo rezó san Francisco, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas».

Hechos a imagen de Dios, los seres humanos también somos capaces de amar a Dios con eros y ágape, integrando el cuerpo, más relacionado con el eros, y el alma, que se vincula más al ágape. El eros sin ágape puede fácilmente convertirse en una pasión violenta, en un movimiento despersonalizado que solo busca el propio placer. En contraste, el ágape sin eros se convierte en un amor frío, que carece de emociones y sentimientos; es un amor que se impone por la voluntad, pero que no brota de un latido profundo del corazón.

La fe en un Dios que es amor infinito, que encarna tanto el eros como el ágape, alimenta el deseo humano de compartir esta realidad transformadora. Por eso, el sentimiento del amor de Dios fomenta, en el ser humano, la solidaridad, estimula la compasión y el perdón, y potencia el respeto, la tolerancia y la empatía hacia los demás. Además, propicia la bondad, la generosidad, el consuelo y la esperanza. La fe en un Dios que es amor es, por tanto, transformativa. Como decía Unamuno, un gran buscador de Dios, mediante la fe «recibimos la sustancia de la verdad», al igual que «por la razón su forma».

Esta fe en el Dios-Amor impacta de manera definitiva en cómo las personas se relacionan consigo mismas, con los demás y con el mundo que las rodea. También influye en la misma estructura de la sociedad. Una sociedad que, desde la defensa más plena de la libertad religiosa, se abre a la existencia de un Dios-Amor, se asienta sobre un fundamento más sólido que aquellas que se declaran

agnósticas, ateas o que han creado un dios mental, como el éxito, la fortuna o el placer.

Si Dios es amor, donde hay amor, allí está Dios. Por ello, una persona que ama, aunque niegue a Dios en su mente y proclame su inexistencia a los cuatro vientos, en realidad no es atea. Simplemente, no ha encontrado aún a Dios con su razón o no ha recibido el don de la fe. No se ha dejado tratar por Dios como un hijo. Por el contrario, quien se aleja hasta el rechazo del amor, aunque racionalmente crea en Dios y haya sido iluminado por la fe en algún momento, se está distanciando de Dios y acercándose a la ira, la crueldad y el odio. Este fenómeno también puede observarse en familias, grupos humanos, sociedades y culturas enteras. Las guerras nos lo confirman.

La búsqueda de un Dios personal que es Amor es una sed profunda y constitutiva del ser humano. Este amor no solo transforma vidas individuales, sino que tiene el poder de transformar sociedades enteras, creando un mundo más solidario, compasivo y lleno de esperanza. Construir una sociedad como si un Dios-Amor existiera es un tema que debería estar en la agenda de los políticos, de todos los políticos que quieran tomarse en serio la construcción de una sociedad en paz y sostenible.

La sociedad de la desconfianza

Victoria Camps (Tarragona, 1941)

 ……es una de las grandes filósofas españolas contemporáneas. Referente en el campo de la ética, acaba de publicar ‘La sociedad de la desconfianza‘  (Arpa, 2025), donde repasa los grandes fallos que estamos cometiendo como sociedad y nos invita, siempre desde una perspectiva crítica, a repensar por qué hemos llegado hasta aquí y cómo podemos enmendar el camino. Una cosa tiene clara: se ha pervertido el concepto de libertad por desarrollarlo en exceso y nos hemos olvidado de cooperar como individuos que conviven en sociedad.

En su libro anterior, Tiempo de cuidados, abordaba la necesidad de cuidarnos como sociedad. Este nuevo libro, parece un paso más allá: si no somos capaces de cuidarnos, al menos intentemos recuperar la confianza. Usted reconoce que hacen falta cambios urgentes. ¿Se refiere a cambios revolucionarios, una enmienda a la totalidad, o a reformas parciales?

No creo que con enmiendas a la totalidad y con revoluciones vayamos a ninguna parte. Creo que hay que pensar en reformas, reformas concretas. Son reformas que son menores, que atienden a problemas que son problemas muy graves en cada momento y que van cambiando. Por ejemplo, ahora tenemos un problema de vivienda que es una de esas manifestaciones de que no podemos confiar en la garantía de un derecho fundamental. Hay que hacer reformas, y en el caso de la vivienda me parece muy claro. Se necesita que el Estado social garantice ese derecho, pero eso no existe y obviamente crea desconfianza. Existe un derecho, aunque no esté constitucionalmente recogido como tal derecho fundamental, pero debería haber una garantía por parte del Estado, por parte de un Estado que se dice que es social, que garantice ese derecho, y eso no existe. Eso obviamente crea desconfianza porque tenemos el principio, pero no vamos a los hechos. Lo que nos hará recuperar la confianza es pasar de los principios a los hechos. Cuando veamos que realmente se cumplen determinadas expectativas, entonces recuperaremos la confianza.

«Lo que nos hará recuperar la confianza es pasar de los principios a los hechos»

Usted señala que los cambios sociales son más un producto de cambios en los marcos mentales que de cambios legislativos. En un momento de gran polarización, ¿Qué marco mental cree que puede imponerse y con qué consecuencias?

Más que a marcos mentales, yo atribuyo la desconfianza a una concepción de la libertad muy atomizada. Los individuos son como nómadas que van a lo suyo, que entienden la libertad como el hacer lo que uno considera más conveniente para sí mismo. Hay una falta de vínculos sociales y falta de cohesión social que contribuya a ese sentimiento de que existe un deber colectivo, una obligación para atender determinados problemas, y que debería ser una responsabilidad compartida. Esa parte de cooperación social la democracia liberal no la ha conseguido por sí sola. No hemos sabido añadir nada que fomente la cooperación, ese compromiso con un interés común, esa no indiferencia. El Estado y las instituciones tienen mucha culpa, pero también los individuos, la sociedad civil se empeña poco y tiene poca voluntad para afrontar los grandes retos de hoy.

«Atribuyo la desconfianza a una concepción de la libertad muy atomizada»

En el libro señala que nos falta concretar qué tipo de sociedad queremos y cómo llegamos a ella…

Sí, pero tampoco hay que concretar un tipo de sociedad, eso es lo que hacían las utopías. Una sociedad perfecta, como una sociedad estatalizada, por ejemplo, ha sido muy peligrosa y lleva al totalitarismo. Lo que hay que intentar es afrontar de verdad las nuevas necesidades. Por lo tanto, hay que corregir lo que está funcionando mal o lo que no está funcionando de ninguna manera. No hay que intentar dibujar un diseño de una sociedad perfecta, porque nadie sabe lo que es una sociedad perfecta. Ya iremos adquiriendo la perfección corrigiendo las disfunciones de la sociedad.

Una de esas disfunciones es el concepto de libertad. ¿Se ha pervertido la noción de libertad hasta el punto de desembocar en una suerte de anarquía social?

No creo que sea tanto anarquía, en el sentido de decir «no al Estado». Más bien, delegamos en el Estado cuestiones que a lo mejor deberíamos resolver por nosotros mismos. Sobre todo, no hay compromiso por un bien común en el que nos impliquemos todos. La idea de libertad que hoy es preponderante es una libertad, como se dice en filosofía, negativa y no positiva. Es una libertad que no se pregunta «para qué quiero ser libre», «a qué me compromete la libertad» o «qué deberes implica esa libertad que tengo». «¿Tengo algún deber con respecto a la sociedad», «¿Lo que voy a hacer es lo mejor que se puede hacer, no solo para mí, sino para el conjunto de la sociedad?». Esas preguntas no nos las hacemos. Ese es el concepto de libertad que hoy flaquea y que no ayuda a construir un demos con una manera de ser común que nos haga a todos más demócratas, más solidarios, más fraternales, más respetuosos y más equitativos.

 «La democracia liberal no ha conseguido por sí sola fomentar la cooperación social»

Hablando de construir ese demos, usted elogia la «cultura de la bienvenida» de Merkel con los refugiados en 2015. ¿La carencia de esa cultura en nuestra clase política, en un auge de políticas identitarias, es un ejemplo de fracaso político colectivo?

Sí, porque va contra un principio fundamental que es el reconocimiento de la dignidad de toda persona. Eso llevaría a la acogida, a la hospitalidad, a algo que, cuando empezamos a discutir sobre políticas respecto a los movimientos migratorios, es evidente que no existe. No existe esa voluntad de acoger al otro que viene pidiendo ayuda y pidiendo protección. Además, como reconoce casi todo el mundo, esa venida de población inmigrante no nos perjudica ni laboralmente, ni respecto a servicios sociales, ni respecto a la tributación, ni a la financiación de los servicios públicos. Más bien es una ayuda, pero no se entiende así. Lo primero es el rechazo al otro porque es diferente, porque incomoda, porque no gusta el color de piel que tiene o por lo que sea.

Uno de los temas centrales del libro es la educación. Menciona la paradoja de que hemos erradicado el analfabetismo, pero no parecemos mejorar moralmente. ¿Por qué ocurre esto?

Yo creo que no hemos resuelto eso que hemos llamado educación en valores. En primer lugar, porque la expresión es demasiado vaga. No hemos acertado. Hablar de educación cívica es un poco más concreto y ya dice algo más. Pero ¿realmente se educa para formar ciudadanos? Personas que sepan autocorregirse en esa concepción de libertad que promueve la sociedad de consumo y llegar a tener un compromiso con el mundo en el que viven. Personas que piensen en los demás y que aprendan a pensar por sí mismos. Esto último es la máxima que introduce Kant como el signo de una comunidad ilustrada, una comunidad que es capaz de superar su minoría de edad y aprende a pensar por sí misma. Esa transmisión del valor de pensar por uno mismo, del compromiso social, de la autolimitación, de no llegar a poseer inmediatamente todo lo que uno desea, ¿eso lo transmite la educación o no? Yo creo que no está implícito en lo que debe ser hoy educar.

«Hemos simplificado la educación moral convirtiéndola en una materia más a enseñar»

Incluso la educación moral la hemos simplificado en una materia a enseñar. Como hoy se dice, la hemos convertido en una «competencia más». Habría que explicar qué significa competencia moral, porque nadie lo explica. A lo mejor significa algo más de lo que se pretende enseñar a través de añadir unas horas de docencia ética. Aristóteles lo tenía clarísimo y yo siempre he repetido esa enseñanza: «La moral no se enseña como una materia más». No se enseña como las matemáticas o la geometría. Se enseña con el ejemplo, se enseña con la imitación, es decir, creando situaciones en las que la formación moral está presente. Ahí es donde se aprende a distinguir entre lo que se debe y lo que no se debe hacer. Ese esfuerzo, que es un esfuerzo práctico y no solo teórico, yo no veo que esté presente. Convertir la formación ética en una asignatura, en una materia a enseñar solo teórica, no es la manera de hacerlo. Eso ayuda a entender conceptos y a entender qué es el razonamiento y el juicio moral, pero la práctica se enseña de otra manera.

«La moral no se enseña como las matemáticas; se enseña con el ejemplo»

En esa línea, critica que, aunque la educación ya es laica, el proceso no se ha hecho bien porque se ha prescindido de una educación ética que enseñe la diferencia entre el bien y el mal sin un criterio religioso.

Bueno, porque eso la religión sabía hacerlo, pero vinculado solo a una doctrina religiosa. Esa vinculación creaba personas religiosas que vinculaban su comportamiento a una doctrina moral. Eso se hacía a través de la religión porque el concepto de religión incluye ese sentido de religar a las personas, mantenerlas en una comunidad que sabe lo que debe hacer porque tiene unas convicciones y de esas convicciones deriva un comportamiento. Con la secularización de la sociedad, eso que hacía la religión no ha sido sustituido por nada que consiga vincular a las personas en un sentido moral. No hemos encontrado la forma de crear una sensibilidad moral, y eso es un problema. Para decirlo con una cuestión muy concreta, en nuestro caso pasamos de un régimen franquista nacional católico dictatorial a un régimen democrático. Pensamos que creando una serie de instituciones democráticas seríamos demócratas, que las personas cambiaríamos de manera de ser. Y eso no ha ocurrido. Ha ocurrido en parte, pero no ha ocurrido de una forma satisfactoria en el sentido de crear una comunidad de personas que piensan que hay unos retos y unos defectos que la sociedad tiene que corregir y que debemos corregir entre todos.

Entonces, ¿casi 50 años después de la muerte de Franco, no hemos sido capaces de crear un demos verdaderamente democrático?

Es un demos liberal, pero con un concepto de la libertad muy reduccionista y simplista, que ha sido inculcado sobre todo por la economía de consumo y no por una motivación ética.




Información obtenida de » https://ethic.es/entrevista-victoria-camps-desconfianza «

El derecho al olvido

      “Las redes guardan nuestras risas, discusiones y también los descuidos. Dejamos que la tecnología sea nuestra memoria y, sin querer, perdemos el derecho al olvido...” Esteban Fernández Hinojosa (ABC 2025)

Los amigos son la alegría de la vida y cuando escriben tan bien sobre temas de actualidad la satisfacción crece. El magnífico artículo del Dr. Fernández Hinojosa enfatiza el peligro de las redes sociales, instrumento que permite la comunicación y que “sirve para acercar a los lejanos y alejar a los cercanos”. Como herramienta es útil, pero también encierra sus riesgos. Aquí, el autor advierte que esto es mucho más serio que un simple problema de comunicación:

“Mientras la tecnología lo registra todo, la conciencia necesita ese acto de renuncia y purificación que la libera de su propia carga, la reconcilia con la vida y le permite cultivar una memoria agradecida. El olvido más que negar la memoria, es equilibrio moral.”

No se trata sólo de poder entenderse con otras personas, es que sin el olvido ─limitado por una técnica que conserva imágenes y recuerdos mucho más duraderos que los de nuestro cerebro─ se nos impide superar deslices y faltas, parcialmente disculpables por la inconsciencia de la juventud, pero que fijas en la madurez, suponen un grave impedimento para quien carga con ellas:

“Entre los mayores desafíos culturales de nuestro tiempo ─además de respetar la historia─ está aprender a olvidar. Recuperar el olvido como derecho y como virtud: el derecho a que los errores de uno no sean eternos; y la virtud de soltar lastre de lo que ya no se es. El olvido, en el fondo, es una forma de esperanza; es saber que se puede volver a empezar, que no se está del todo condenado.”

Y en otra parte del artículo sigue diciendo nuestro autor:

“En la frontera entre lo que se recuerda y lo que se deja ir se juega, quizá, la última forma de libertad.”

Ya advertíamos de la seriedad del tema es y así lo consideran otros reconocidos autores. Debemos a la Dra. María Ángeles Dichas el descubrimiento de Héctor Abad Faciolince y su novela autobiográfica titulada “El olvido que seremos”. En ella el autor colombiano advierte que:

“Todos estamos condenados al polvo y al olvido […]. Sobrevivimos por unos frágiles años, todavía, después de muertos, en la memoria de otros, pero también esa memoria personal, con cada instante que pasa, está siempre más cerca de desaparecer.”

Disfrutamos con la esperanza de la vida eterna, pero debemos aceptar que la vida terrenal es, en cambio, temporal. Aquí somos, como en aquella dulce balada del grupo Kansas “polvo en el viento”. Héctor Abad continúa:

Visto en perspectiva, como el tiempo del recuerdo vivido es tan corto, si juzgamos sabiamente, «ya somos el olvido que seremos», como decía Borges. Para él este olvido y ese polvo elemental en el que nos convertiremos eran un consuelo «bajo el indiferente azul del Cielo».”

Y es que el sugerente título del libro proviene a su vez de un poema de Jorge Luis Borges, quien con añoranza reconocía en sus versos:

«Ya somos el olvido que seremos.

El polvo elemental que nos ignora

y que fue el rojo Adán y que es ahora

todos los hombres, y que no veremos.”

La presencia del olvido conduce hacia una melancolía innegable, pero es cierto que su ausencia es una tortura. Así lo transmite el mismo autor bonaerense en el cuento titulado “Funes el Memorioso”. Con su habitual maestría narrativa nos hace partícipes del sufrimiento continuo de quien no puede olvidar:

“Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.).”

            Lo importante en la vida debe dosificarse. Aun reconociendo que su presencia puede entristecer, reivindicamos nuestro sano derecho al olvido.   

            Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista

            Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra


Articulo publicado en » https://www.comsevilla.es/23419-2/ » 

II Jornada de Exposición de Póster del Grado de Psicología. Universidad Loyola Andalucía.

El pasado 13 de junio de 2018, tuvieron lugar las II Jornadas de Exposición de Póster del Grado de Psicología en la Universidad Loyola Andalucía, a las cuales asistió nuestra Psicóloga, Esther Rodríguez Díaz, en calidad de tutora.

En esta actividad, los alumnos de prácticas de 3º de Psicología presentaron los pósters sobre sus experiencias durante el periodo de prácticas. En nuestro caso, la alumna en prácticas de este curso, Marina Moreno Hernández, realizó una presentación muy cuidada donde plasmó su paso por el Centro Médico Psicosomático.

Estas Jornadas supusieron una oportunidad para intercambiar experiencias entre tutores de empresa, alumnos y docentes.

Sevilla a 13 de junio de 2018

TALLER: “Prevención del estrés y la ansiedad. ¡Cuídate!”

Contenido de la sesión:

1.Técnicas de Respiración.

2.Entrenamiento autógeno de Schultz.

3.Relajación progresiva de Jacobson.

4.Distorsiones cognitivas.

Docentes: Esther Rodríguez y Estrella Mesa (psicólogas sanitarias)

Inscríbete llamando al: 954 270 780  /  690 081 791  

al taller del 25 de Junio o si te viene mejor al del 9 de Julio.

Horario:  19 – 20:30h

Lugar: C/ Asunción nº59, 1º D- Sevilla

Precio: 20€

Volver a la rutina tras las Navidades

Diciembre es un mes que se llena de momentos entrañables. Todo se llena de luces, regalos, comidas con amigos y reuniones familiares que parecen no acabar nunca. Se viven celebraciones y situaciones de diversión, pero también añoranzas y compromisos.

De todos es sabido que las Navidades influyen en el estado de ánimo.

La modificación del horario del sueño, las comidas pesadas, el sedentarismo, el consumo abusivo de alcohol y los compromisos hacen que se altere nuestro equilibrio emocional y físico.

De acuerdo con otros profesionales, se advierte que estas fechas no siempre coinciden con los propios ciclos psicológicos, de tal forma que el ambiente puede forzar la participación en dinámicas sociales no deseadas, conduciendo a cambios de humor, tristeza, pérdida de apetito o voracidad extrema, cambios en los niveles de energía, dificultades para concentrarnos o pensamientos obsesivos.

Por eso volver a la rutina puede resultar duro al inicio, pero retomar hábitos anteriores e incluso crear nuevos proyectos implicará numerosos beneficioso para la estabilidad emocional de cada uno.

Parece que enero es el mes más sufrido del año, pero también puede estar plagado de nuevas oportunidades por descubrir. Te damos algunos consejos para volver a la rutina con energía y motivación tras la Navidad:

  1. Haz un listado de propósitos con objetivos alcanzables a corto plazo y elabora un plan de acción.
  2. Aprende a cuidarte, piensa en tu salud. Comienza una dieta saludable, haz alguna actividad física y practica ejercicios de relajación.
  3. Establece una rutina de sueño. Duerme al menos 8 horas al día, y aunque al inicio te cueste conciliar el sueño, no desesperes, lee o escucha la radio.
  4. Adopta una perspectiva de desarrollo y crecimiento personal. Cultiva nuevas aficiones. Crea nuevas expectativas.

Para todo ello, haz un plan semanal con una organización dirigida a las diferentes áreas de tu vida: obligaciones, objetivos y prioridades.

A veces tendrás que hacer sacrificios y tardarás en ver los resultados, pero eso no significa que no vayas a lograrlo. Sé paciente y tenaz y conseguirás todo aquello que te propongas.

Poco a poco, empezarás a sentirte mejor, más optimista y tu cuerpo experimentará esos cambios. Y si tienes que acudir a un especialista para que te asesore de forma personalizada, no dudes en hacerlo.

Esther Rodríguez Díaz

Psicóloga Sanitaria