TEMPLAR EL SUFRIMIENTO HUMANO
Hace unos días un joven paciente cargado de dolor y sufrimiento, consecuentes a lo vivido en su quehacer profesional, descubrió y manifestó algo muy valioso y con efecto sanador que expresó: “veo que lo que me sucede es consecuencia de mi cabezonería y mi orgullo”. Así, de este modo, pudo abrir la puerta a su curación que habría de consolidarse en poco tiempo con las oportunas ayudas médicas, psicológicas y morales pertinentes.
Suele afirmarse que la milenaria experiencia del ser humano evidencia que Dolor y el Sufrimiento son dos constantes en nuestro vivir, capaces de generar sombras en los claros tonos de nuestro día a día.
La Asociación Internacional para el estudio del Dolor, lo definió como una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada a una lesión tisular, real o potencial. Distinguiremos varios tipos: Nociceptivo, Neuropático, y Dolor Psicógeno que conlleva un alto componente emocional y afectivo y se acompaña de ansiedad, depresión, insomnio y sufrimiento.
Algo distinto es el Sufrimiento, una vivencia negativa y molesta de tipo psicológico y moral, sin experiencia sensorial primaria y con asiento cognitivo y emocional. El Sufrimiento útil hace crecer a la persona que lo padece, el Sufrimiento inútil, por el contrario, es autoelaborado y consiguiente a una reacción mental mal e inadecuadamente elaborada. Ambos aparecen como una respuesta personal a un acontecer adverso. Y recordemos al genial Dante Alighieri que afirmó “Quien sabe de dolor, todo lo sabe”. El Dolor enriquece. Pero está claro que hay que distinguir entre el dolor nuestro de cada día y el infierno emocional que podemos autoelaborar.
Para Turk, D. C. el objetivo base ante el paciente con dolor y sufrimiento ha de ser anular o disminuir el dolor e iluminar su sentido, mejorar su funcionalidad y calidad de vida y evitar la ansiedad, el insomnio o la depresión a la par que buscamos sus causas (Clin. J. Pain, 2000).
Nos importa mucho conocer los factores que, de ordinario, bajan el umbral para percibir un cierto dolor: la ansiedad, la depresión, la soledad, la pena, el insomnio, … Y también, por el contrario, aquellos que nos protegen del dolor y elevan el umbral para que nos afecte menos, el sueño, la compañía, la paz, la distracción, la escucha atenta y amorosa, los analgésicos, los ansiolíticos, etc. Son estas, herramientas bien útiles en la prevención y tratamiento del Dolor.
La Medicina Psicosomática propicia el enfoque más acertado en las situaciones de sufrimiento y dolor. Ayuda a comprender la distinción entre Enfermedad y Dolencia que aunadas pueden llegar a ahogar el vivir en una espiral doliente que merma la vida con sus padecimientos. Somos cuerpo y mente integrados en una única realidad personal en la que radica esta doble experiencia y en la que se juega y debate el conflicto que nos alcanza. Precisamente así se gesta nuestra personal y actual Dolencia. Así llamamos a esa concreta Enfermedad ya instalada en la persona que somos, con su peculiar dinamismo y estructura. La enfermedad está en los libros, las historias clínicas, pero la dolencia se halla en las entrañas mismas de la persona enferma.
En estas situaciones, la primera actitud a recomendar es la apertura, Bien lo expresa Shakespeare cuando afirma: “Se debe dejar que hable el dolor, porque la pena que no habla, gime en el corazón hasta que lo rompe”. Compartir, ya supone alivio y camino hacia el remedio.
Una segunda estrategia recomendable es la aceptación de la realidad que nos toca vivir, descartando rebeldías y adoptando actitudes y conductas positivas que conduzcan, en lo posible, a la resolución del problema: orientación, escucha, recursos médicos, apoyo espiritual o trascendente, etc.; de alta eficacia, todos ellos, en la atención de quien vive en el dolor o el sufrimiento. Es toda una joya la conferencia última del maestro Viktor Frankl bajo el título “Asumir lo efímero de la existencia”. el 23 de octubre de 1984 (Herder,2022)
Un importante factor moderador o resolutivo del Sufrimiento es la dotación de sentido a la situación y estado, la búsqueda y encuentro de las posibles razones, en el orden humano y trascendente, capaces de aportar un porqué con luz explicativa para esa concreta situación crítica que nos esté tocando vivir. Es la “voluntad de sentido” que empapa toda la antropología y la doctrina psicoterapéutica de Víctor Frankl, el destacado psicoanalista judío y vienés que hubo de afrontar el cautiverio nazi en Auschwitz, lugar en el que perdió a su esposa. Así lo relata en una de sus primeras obras, “El hombre en busca de sentido”. ¡Cuánto recrece y madura la vivencia del sufrimiento útil! Y cuánta infelicidad depara el que no lo es, aquel que carece o escasea en su sentido y en su aceptación.
Otro horizonte, aún más amplio y brillante, es el que aporta una visión trascendente de la vida, una dimensión vertical que depara paz, luz y felicidad, tras alcanzar el pleno sentido de la propia vida. Así lo he reafirmado hace pocos días con la lectura de lo descrito por el anteriormente citado Dr. Navarro-Valls respecto a S. Juan Pablo II; cuando en circunstancias muy dolorosas que afectaban a muy diversas facetas de su persona, el Neurólogo que le atendía le preguntó “Santo Padre ¿cómo vive usted esta situación?”. Si la pregunta aspiraba a conocer la impresión de su percepción física, la respuesta del Papa fue: “… y yo me pregunto ¿qué es lo que Dios quiere decirme con esto…?” Pensamos que esa expresión conlleva la raíz del significado profundamente humano, donde la enfermedad puede encontrar con plenitud una respuesta sobre su sentido fundamental, trascendente y definitivo.
Dr. Manuel Álvarez Romero. Médico Internista.
Dr. José Ignacio del pino montesinos. Psiquiatra,