“Vivid tranquilos, en medio del alboroto y las prisas,
y recordad la paz que se puede encontrar en el silencio.”
Max Ehrmann (fragmento de Desiderata, 1927)
Es propio de la contingencia del corazón humano el que siempre pueda ser dañado de modo accidental por falta de cuidado o por desgaste en el vivir. Parece obvio que el corazón de nuestra época recibe y sufre heridas con mayor frecuencia y quizás intensidad que en otras anteriores. Y esta consideración acude a la mente por el libro recientemente aparecido del físico coreano-alemán y profundo filósofo converso al cristianismo Byung Chul Han, titulado “Sobre Dios”. En él se recoge una descripción del panorama mental y emocional de nuestro tiempo siguiendo la guía del pensamiento de la filósofa y activista Simone Weil, que vivió su azarosa vida un siglo antes que el citado Han,
Estas líneas entrañan una mirada al espejo del vivir, a las imágenes que la realidad genera y reflejan la ausencia de la trascendencia en el propio vivir. Se descubre, a través de esa ventana virtual tantas veces inadvertida por el hombre y tan necesaria, el empobrecimiento y la erosión de la capacidad de atención por distracciones no queridas o buscadas que se han ido instalando en nuestras vidas. Y es que la imaginación crece de modo continuado y en forma de trampa al servicio del ego, llegando a una situación deficitaria de “nutrición humana”, que se puede denominar autofagia espiritual, y que constituye un camino certero hacia el deterioro personal y la muerte.
Suele suceder que nuestra atención no está pilotada por la razón ni por el buen pensar, no es ayudada hacia los principios nutritivos intelectuales y emocionales que conducen a una vida sana y a un desarrollo equilibrado y satisfactorio. Falta saber esperar y estar bien disponibles para tomar las decisiones que más convengan y “nos nutran”, en lugar de jugar a la ruleta como hacemos en el mayor parte de nuestras decisiones. Esta reiteración azarosa nos irá debilitando y deteriorando, haciendo eco al pensamiento, escritos y vida de la trágicamente desaparecida escritora británica Virginia Woolf. Se propicia
inadvertidamente la renuncia al yo trascendente, tan propio del vivir lógico y bien pensado que habría de conducir o reconducir nuestras vidas. Y es aquí donde radica en muy alta proporción la necesidad de recuperar el amor como base de nuestras opciones y decisiones, solo así se puede vivir evitando caer en la ética del vacío, la ética del poder o la ética de la seducción.
Estas consideraciones nos recuerdan lo que ya aprendimos del maestro de la Medicina Psicosomática Juan Rof Carballo. En su último libro Terapéutica del hombre desarrollaba el valor del buen crecimiento en el vivir gracias a las decisiones bien tomadas en nuestro cerebro. Solo así cabe el poder conquistar la gentil elegancia y la generación de una enraizada paz personal. Y puede destacarse el terreno en el que ha de sustentarse esta toma de sanas decisiones: la necesidad del silencio frente al ruido del vivir. Una bulliciosa atmósfera que busca ciegamente la ambición del logro, del poder o el someter conduce al desgaste y, tantas veces, al sentimiento de fracaso y de vacío. Y es que el silencio en el vivir interior no genera ganancias inmediatas, pero el ruido sí causa desgaste y conduce a la extinción de la vida. Y volvemos a Simone Weil cuando apuntaba que no hay felicidad como el silencio interior, contando con que los sentidos desgastan de modo oculto e inadvertido, tal como ocurre en el ámbito metabólico del ser humano con las vitaminas y los oligoelementos.
¡Cuánto hemos trabajado los autores de estas líneas en el papel del dolor y el sufrimiento para la búsqueda de la felicidad de la persona! La práctica clínica desde la Medicina (particularmente la Psiquiatría) y la Psicología son caminos que hemos de recorrer para ayudar a alcanzar este ansiado logro.
Y quizás todo se reduzca a que nos falta el necesario silencio para el diálogo interior con nosotros mismos y con los demás. Quizá tendríamos que proponernos hacer algún máster o maestría como empresarios de nuestros proyectos personales y sociales. Y esa formación permanente necesariamente debe incluir la dimensión trascendente y sobrenatural ─en el sentir de Simone Weil─ pieza fundamental en la arquitectura del alma humana; un aspecto que actualmente es cada vez menos reconocido y, por desgracia, está siendo muy descuidado y olvidado por cada uno de nosotros.
Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista
Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra
En los últimos años, ha surgido un fenómeno notable entre la juventud: una sed de espiritualidad que el consumismo y el materialismo no han logrado calmar. Esta sed no es pasajera ni superficial; es una necesidad intensa y profunda, que a menudo se manifiesta de formas inesperadas. Películas como ‘Los domingos’, el nuevo disco de Rosalía y el reciente libro de Byung-Chul Han sobre Dios, inspirado en el pensamiento de Simone Weil, son ejemplos claros.
Sin embargo, no se trata de cualquier concepción de Dios. La juventud contemporánea no se siente atraída por la caricatura de Dios que tantas veces hemos construido en nuestras mentes, incluyendo las de algunos cristianos. Esta imagen de un Dios omnipotente pero justiciero, vengativo e inmisericorde, que solo sirve para satisfacer intereses egoístas, es insatisfactoria y problemática. Este tipo de divinidad no es digna de fe; de entrada porque constituye una fuente de conflictos internos y externos. La razón misma me lleva a rechazar a un dios así, que no puede ser el verdadero Dios.
En una ocasión, se le preguntó a la Madre Teresa qué o quién era Dios para ella. Su respuesta fue clara y conmovedora: «Dios es amor y te ama. Nosotros somos preciosos para Él. Nos ha llamado por nuestro nombre. Le pertenecemos. Nos creó a su imagen y semejanza para grandes cosas. Dios es amor, Dios es alegría, Dios es luz. Dios es verdad».
El apóstol san Juan dejó escrito, con letras de fuego, en su primera carta: «Dios es Amor». Esta afirmación no es meramente una declaración teológica; es la esencia misma de la divinidad. La
naturaleza de Dios se define por el amor. Todo lo que le rodea es amor. Cualquiera que sea el enfoque filosófico o teológico que adoptemos al acercarnos a Dios, inevitablemente nos enfrentamos al mismo misterio insondable: Dios, creador de todo lo que existe, es Amor. Este es el mayor secreto que Dios podría revelarnos.
La principal consecuencia de esta verdad es que vivir es participar en el amor de Dios. Vivir implica amar y ser amados, dar amor y recibir amor. La eternidad se convierte, entonces, en una invitación a amar eternamente. Este amor divino, como bien explicó Benedicto XVI en su inmortal encíclica ‘Deus caritas est’, se manifiesta en dos dimensiones: eros y ágape. Estas son las dos caras de la misma realidad amorosa.
El eros se entiende como un amor posesivo y vehemente, un amor que desciende desde lo alto, que se manifiesta en las experiencias espirituales de innumerables personas a lo largo de la historia, como Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Francisco de Asís, Hildegarda de Bingen, el maestro Eckart, Buenaventura, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Blaise Pascal, G. K. Chesterton, Pável Florenskij, Charles de Foucauld, Edith Stein, Thomas Merton, el Padre Pío de Pietracina, Josemaría Escrivá, Harold Berman o la Madre Teresa de Calcuta, entre otros muchos. Por otro lado, el ágape es un amor donacional, oblativo, que busca el servicio y el bienestar del otro.
Simone Weil, autora de moda en nuestros días, escribió extensamente sobre su experiencia espiritual en sus diarios y ensayos. En uno de sus relatos, narra una hermosa vivencia que tuvo durante un breve viaje a Asís, en 1937. Dice la filósofa: «Allí, sola en la pequeña capilla
románica del siglo XII de santa Maria degli Angeli, incomparable maravilla de pureza, donde tan a menudo rezó san Francisco, algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas».
Hechos a imagen de Dios, los seres humanos también somos capaces de amar a Dios con eros y ágape, integrando el cuerpo, más relacionado con el eros, y el alma, que se vincula más al ágape. El eros sin ágape puede fácilmente convertirse en una pasión violenta, en un movimiento despersonalizado que solo busca el propio placer. En contraste, el ágape sin eros se convierte en un amor frío, que carece de emociones y sentimientos; es un amor que se impone por la voluntad, pero que no brota de un latido profundo del corazón.
La fe en un Dios que es amor infinito, que encarna tanto el eros como el ágape, alimenta el deseo humano de compartir esta realidad transformadora. Por eso, el sentimiento del amor de Dios fomenta, en el ser humano, la solidaridad, estimula la compasión y el perdón, y potencia el respeto, la tolerancia y la empatía hacia los demás. Además, propicia la bondad, la generosidad, el consuelo y la esperanza. La fe en un Dios que es amor es, por tanto, transformativa. Como decía Unamuno, un gran buscador de Dios, mediante la fe «recibimos la sustancia de la verdad», al igual que «por la razón su forma».
Esta fe en el Dios-Amor impacta de manera definitiva en cómo las personas se relacionan consigo mismas, con los demás y con el mundo que las rodea. También influye en la misma estructura de la sociedad. Una sociedad que, desde la defensa más plena de la libertad religiosa, se abre a la existencia de un Dios-Amor, se asienta sobre un fundamento más sólido que aquellas que se declaran
agnósticas, ateas o que han creado un dios mental, como el éxito, la fortuna o el placer.
Si Dios es amor, donde hay amor, allí está Dios. Por ello, una persona que ama, aunque niegue a Dios en su mente y proclame su inexistencia a los cuatro vientos, en realidad no es atea. Simplemente, no ha encontrado aún a Dios con su razón o no ha recibido el don de la fe. No se ha dejado tratar por Dios como un hijo. Por el contrario, quien se aleja hasta el rechazo del amor, aunque racionalmente crea en Dios y haya sido iluminado por la fe en algún momento, se está distanciando de Dios y acercándose a la ira, la crueldad y el odio. Este fenómeno también puede observarse en familias, grupos humanos, sociedades y culturas enteras. Las guerras nos lo confirman.
La búsqueda de un Dios personal que es Amor es una sed profunda y constitutiva del ser humano. Este amor no solo transforma vidas individuales, sino que tiene el poder de transformar sociedades enteras, creando un mundo más solidario, compasivo y lleno de esperanza. Construir una sociedad como si un Dios-Amor existiera es un tema que debería estar en la agenda de los políticos, de todos los políticos que quieran tomarse en serio la construcción de una sociedad en paz y sostenible.
……es una de las grandes filósofas españolas contemporáneas. Referente en el campo de la ética, acaba de publicar ‘La sociedad de la desconfianza‘ (Arpa, 2025), donde repasa los grandes fallos que estamos cometiendo como sociedad y nos invita, siempre desde una perspectiva crítica, a repensar por qué hemos llegado hasta aquí y cómo podemos enmendar el camino. Una cosa tiene clara: se ha pervertido el concepto de libertad por desarrollarlo en exceso y nos hemos olvidado de cooperar como individuos que conviven en sociedad.
En su libro anterior, Tiempo de cuidados, abordaba la necesidad de cuidarnos como sociedad. Este nuevo libro, parece un paso más allá: si no somos capaces de cuidarnos, al menos intentemos recuperar la confianza. Usted reconoce que hacen falta cambios urgentes. ¿Se refiere a cambios revolucionarios, una enmienda a la totalidad, o a reformas parciales?
No creo que con enmiendas a la totalidad y con revoluciones vayamos a ninguna parte. Creo que hay que pensar en reformas, reformas concretas. Son reformas que son menores, que atienden a problemas que son problemas muy graves en cada momento y que van cambiando. Por ejemplo, ahora tenemos un problema de vivienda que es una de esas manifestaciones de que no podemos confiar en la garantía de un derecho fundamental. Hay que hacer reformas, y en el caso de la vivienda me parece muy claro. Se necesita que el Estado social garantice ese derecho, pero eso no existe y obviamente crea desconfianza. Existe un derecho, aunque no esté constitucionalmente recogido como tal derecho fundamental, pero debería haber una garantía por parte del Estado, por parte de un Estado que se dice que es social, que garantice ese derecho, y eso no existe. Eso obviamente crea desconfianza porque tenemos el principio, pero no vamos a los hechos. Lo que nos hará recuperar la confianza es pasar de los principios a los hechos. Cuando veamos que realmente se cumplen determinadas expectativas, entonces recuperaremos la confianza.
«Lo que nos hará recuperar la confianza es pasar de los principios a los hechos»
Usted señala que los cambios sociales son más un producto de cambios en los marcos mentales que de cambios legislativos. En un momento de gran polarización, ¿Qué marco mental cree que puede imponerse y con qué consecuencias?
Más que a marcos mentales, yo atribuyo la desconfianza a una concepción de la libertad muy atomizada. Los individuos son como nómadas que van a lo suyo, que entienden la libertad como el hacer lo que uno considera más conveniente para sí mismo. Hay una falta de vínculos sociales y falta de cohesión social que contribuya a ese sentimiento de que existe un deber colectivo, una obligación para atender determinados problemas, y que debería ser una responsabilidad compartida. Esa parte de cooperación social la democracia liberal no la ha conseguido por sí sola. No hemos sabido añadir nada que fomente la cooperación, ese compromiso con un interés común, esa no indiferencia. El Estado y las instituciones tienen mucha culpa, pero también los individuos, la sociedad civil se empeña poco y tiene poca voluntad para afrontar los grandes retos de hoy.
«Atribuyo la desconfianza a una concepción de la libertad muy atomizada»
En el libro señala que nos falta concretar qué tipo de sociedad queremos y cómo llegamos a ella…
Sí, pero tampoco hay que concretar un tipo de sociedad, eso es lo que hacían las utopías. Una sociedad perfecta, como una sociedad estatalizada, por ejemplo, ha sido muy peligrosa y lleva al totalitarismo. Lo que hay que intentar es afrontar de verdad las nuevas necesidades. Por lo tanto, hay que corregir lo que está funcionando mal o lo que no está funcionando de ninguna manera. No hay que intentar dibujar un diseño de una sociedad perfecta, porque nadie sabe lo que es una sociedad perfecta. Ya iremos adquiriendo la perfección corrigiendo las disfunciones de la sociedad.
Una de esas disfunciones es el concepto de libertad. ¿Se ha pervertido la noción de libertad hasta el punto de desembocar en una suerte de anarquía social?
No creo que sea tanto anarquía, en el sentido de decir «no al Estado». Más bien, delegamos en el Estado cuestiones que a lo mejor deberíamos resolver por nosotros mismos. Sobre todo, no hay compromiso por un bien común en el que nos impliquemos todos. La idea de libertad que hoy es preponderante es una libertad, como se dice en filosofía, negativa y no positiva. Es una libertad que no se pregunta «para qué quiero ser libre», «a qué me compromete la libertad» o «qué deberes implica esa libertad que tengo». «¿Tengo algún deber con respecto a la sociedad», «¿Lo que voy a hacer es lo mejor que se puede hacer, no solo para mí, sino para el conjunto de la sociedad?». Esas preguntas no nos las hacemos. Ese es el concepto de libertad que hoy flaquea y que no ayuda a construir un demos con una manera de ser común que nos haga a todos más demócratas, más solidarios, más fraternales, más respetuosos y más equitativos.
«La democracia liberal no ha conseguido por sí sola fomentar la cooperación social»
Hablando de construir ese demos, usted elogia la «cultura de la bienvenida» de Merkel con los refugiados en 2015. ¿La carencia de esa cultura en nuestra clase política, en un auge de políticas identitarias, es un ejemplo de fracaso político colectivo?
Sí, porque va contra un principio fundamental que es el reconocimiento de la dignidad de toda persona. Eso llevaría a la acogida, a la hospitalidad, a algo que, cuando empezamos a discutir sobre políticas respecto a los movimientos migratorios, es evidente que no existe. No existe esa voluntad de acoger al otro que viene pidiendo ayuda y pidiendo protección. Además, como reconoce casi todo el mundo, esa venida de población inmigrante no nos perjudica ni laboralmente, ni respecto a servicios sociales, ni respecto a la tributación, ni a la financiación de los servicios públicos. Más bien es una ayuda, pero no se entiende así. Lo primero es el rechazo al otro porque es diferente, porque incomoda, porque no gusta el color de piel que tiene o por lo que sea.
Uno de los temas centrales del libro es la educación. Menciona la paradoja de que hemos erradicado el analfabetismo, pero no parecemos mejorar moralmente. ¿Por qué ocurre esto?
Yo creo que no hemos resuelto eso que hemos llamado educación en valores. En primer lugar, porque la expresión es demasiado vaga. No hemos acertado. Hablar de educación cívica es un poco más concreto y ya dice algo más. Pero ¿realmente se educa para formar ciudadanos? Personas que sepan autocorregirse en esa concepción de libertad que promueve la sociedad de consumo y llegar a tener un compromiso con el mundo en el que viven. Personas que piensen en los demás y que aprendan a pensar por sí mismos. Esto último es la máxima que introduce Kant como el signo de una comunidad ilustrada, una comunidad que es capaz de superar su minoría de edad y aprende a pensar por sí misma. Esa transmisión del valor de pensar por uno mismo, del compromiso social, de la autolimitación, de no llegar a poseer inmediatamente todo lo que uno desea, ¿eso lo transmite la educación o no? Yo creo que no está implícito en lo que debe ser hoy educar.
«Hemos simplificado la educación moral convirtiéndola en una materia más a enseñar»
Incluso la educación moral la hemos simplificado en una materia a enseñar. Como hoy se dice, la hemos convertido en una «competencia más». Habría que explicar qué significa competencia moral, porque nadie lo explica. A lo mejor significa algo más de lo que se pretende enseñar a través de añadir unas horas de docencia ética. Aristóteles lo tenía clarísimo y yo siempre he repetido esa enseñanza: «La moral no se enseña como una materia más». No se enseña como las matemáticas o la geometría. Se enseña con el ejemplo, se enseña con la imitación, es decir, creando situaciones en las que la formación moral está presente. Ahí es donde se aprende a distinguir entre lo que se debe y lo que no se debe hacer. Ese esfuerzo, que es un esfuerzo práctico y no solo teórico, yo no veo que esté presente. Convertir la formación ética en una asignatura, en una materia a enseñar solo teórica, no es la manera de hacerlo. Eso ayuda a entender conceptos y a entender qué es el razonamiento y el juicio moral, pero la práctica se enseña de otra manera.
«La moral no se enseña como las matemáticas; se enseña con el ejemplo»
En esa línea, critica que, aunque la educación ya es laica, el proceso no se ha hecho bien porque se ha prescindido de una educación ética que enseñe la diferencia entre el bien y el mal sin un criterio religioso.
Bueno, porque eso la religión sabía hacerlo, pero vinculado solo a una doctrina religiosa. Esa vinculación creaba personas religiosas que vinculaban su comportamiento a una doctrina moral. Eso se hacía a través de la religión porque el concepto de religión incluye ese sentido de religar a las personas, mantenerlas en una comunidad que sabe lo que debe hacer porque tiene unas convicciones y de esas convicciones deriva un comportamiento. Con la secularización de la sociedad, eso que hacía la religión no ha sido sustituido por nada que consiga vincular a las personas en un sentido moral. No hemos encontrado la forma de crear una sensibilidad moral, y eso es un problema. Para decirlo con una cuestión muy concreta, en nuestro caso pasamos de un régimen franquista nacional católico dictatorial a un régimen democrático. Pensamos que creando una serie de instituciones democráticas seríamos demócratas, que las personas cambiaríamos de manera de ser. Y eso no ha ocurrido. Ha ocurrido en parte, pero no ha ocurrido de una forma satisfactoria en el sentido de crear una comunidad de personas que piensan que hay unos retos y unos defectos que la sociedad tiene que corregir y que debemos corregir entre todos.
Entonces, ¿casi 50 años después de la muerte de Franco, no hemos sido capaces de crear un demos verdaderamente democrático?
Es un demos liberal, pero con un concepto de la libertad muy reduccionista y simplista, que ha sido inculcado sobre todo por la economía de consumo y no por una motivación ética.
Información obtenida de » https://ethic.es/entrevista-victoria-camps-desconfianza «
“Las redes guardan nuestras risas, discusiones y también los descuidos. Dejamos que la tecnología sea nuestra memoria y, sin querer, perdemos el derecho al olvido...”Esteban Fernández Hinojosa (ABC 2025)
Los amigos son la alegría de la vida y cuando escriben tan bien sobre temas de actualidad la satisfacción crece. El magnífico artículo del Dr. Fernández Hinojosa enfatiza el peligro de las redes sociales, instrumento que permite la comunicación y que “sirve para acercar a los lejanos y alejar a los cercanos”. Como herramienta es útil, pero también encierra sus riesgos. Aquí, el autor advierte que esto es mucho más serio que un simple problema de comunicación:
“Mientras la tecnología lo registra todo, la conciencia necesita ese acto de renuncia y purificación que la libera de su propia carga, la reconcilia con la vida y le permite cultivar una memoria agradecida. El olvido más que negar la memoria, es equilibrio moral.”
No se trata sólo de poder entenderse con otras personas, es que sin el olvido ─limitado por una técnica que conserva imágenes y recuerdos mucho más duraderos que los de nuestro cerebro─ se nos impide superar deslices y faltas, parcialmente disculpables por la inconsciencia de la juventud, pero que fijas en la madurez, suponen un grave impedimento para quien carga con ellas:
“Entre los mayores desafíos culturales de nuestro tiempo ─además de respetar la historia─ está aprender a olvidar. Recuperar el olvido como derecho y como virtud: el derecho a que los errores de uno no sean eternos; y la virtud de soltar lastre de lo que ya no se es. El olvido, en el fondo, es una forma de esperanza; es saber que se puede volver a empezar, que no se está del todo condenado.”
Y en otra parte del artículo sigue diciendo nuestro autor:
“En la frontera entre lo que se recuerda y lo que se deja ir se juega, quizá, la última forma de libertad.”
Ya advertíamos de la seriedad del tema es y así lo consideran otros reconocidos autores. Debemos a la Dra. María Ángeles Dichas el descubrimiento de Héctor Abad Faciolince y su novela autobiográfica titulada “El olvido que seremos”. En ella el autor colombiano advierte que:
“Todos estamos condenados al polvo y al olvido […]. Sobrevivimos por unos frágiles años, todavía, después de muertos, en la memoria de otros, pero también esa memoria personal, con cada instante que pasa, está siempre más cerca de desaparecer.”
Disfrutamos con la esperanza de la vida eterna, pero debemos aceptar que la vida terrenal es, en cambio, temporal. Aquí somos, como en aquella dulce balada del grupo Kansas “polvo en el viento”. Héctor Abad continúa:
“Visto en perspectiva, como el tiempo del recuerdo vivido es tan corto, si juzgamos sabiamente, «ya somos el olvido que seremos», como decía Borges. Para él este olvido y ese polvo elemental en el que nos convertiremos eran un consuelo «bajo el indiferente azul del Cielo».”
Y es que el sugerente título del libro proviene a su vez de un poema de Jorge Luis Borges, quien con añoranza reconocía en sus versos:
«Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos.”
La presencia del olvido conduce hacia una melancolía innegable, pero es cierto que su ausencia es una tortura. Así lo transmite el mismo autor bonaerense en el cuento titulado “Funes el Memorioso”. Con su habitual maestría narrativa nos hace partícipes del sufrimiento continuo de quien no puede olvidar:
“Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.).”
Lo importante en la vida debe dosificarse. Aun reconociendo que su presencia puede entristecer, reivindicamos nuestro sano derecho al olvido.
Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista
Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra
Articulo publicado en » https://www.comsevilla.es/23419-2/ »
En la pasada primavera se despertó una cierta inquietud en nuestra sociedad, que fue atribuida a una frecuencia creciente de casos de Covid-19. Así lo venían comentando numerosas personas y círculos sociales, con referencias a los amigos y parientes afectados en su entorno. Yo, en concreto, lo aprecié igualmente y con frecuencia, en mis conversaciones con los pacientes que acudían a nuestras consultas. En ellas se resaltaba la creciente sensibilidad despertada en nuestro tiempo a la frecuente afectación de la salud mental de las personas en relación con la Covid-19.
Aún continúa ese moderado pero real aumento del número de afectados por esta enfermedad. Y así comenzamos a preocuparnos, considerando lo que conocíamos y lo que asignábamos con la etiqueta de enfermedad un tanto inquietante e impropia del momento estacional estival. Quizás por eso leí con interés un artículo publicado en El Debate (8-8-2025), resaltando las elevadas cifras referidas a nuestro medio:
“Mientras medio país disfruta del verano, el Covid-19 vuelve a hacer ruido en forma de contagios al alza, nuevas variantes y hospitales que comienzan a notar la presión. No es una ola como las de antaño, pero sí un recordatorio de que, aunque la pandemia se haya dado por terminada, el virus se ha quedado con nosotros”.
Se considera que la mayoría de las personas que desarrollan y padecen la Covid-19 ─en sus mil modos y maneras─ se recuperan por completo. Pero, además de contar con una mortalidad que afecta a las personas más vulnerables, se estima que aproximadamente entre el 10% y el 20% de la población afectada por esta enfermedad epidémica que tanto nos ha afectado en los cinco últimos años, experimenta una Covid-19 persistente o prolongada, también llamada Covid-19 de larga duración, Covid crónico, junto a las secuelas post agudas de esta infección. No obstante, algunos estudios tienden a considerar tal situación o cuadro clínico, como una enfermedad que da la cara de modo diverso, bastante nebuloso y que acaba quedándose como invisible e infradiagnosticada. Quizás, por este motivo, las personas que conviven con esta patología y los profesionales de la salud demandan más visibilidad, investigación y atención a esta Covid-19 persistente y al simple modelo del típico Covid-19.
Y profundizando, nos preguntamos: “Bien, ¿qué es la Covid-19 persistente? ¿Y, cuáles son los principales síntomas de esta enfermedad? ¿Cómo entenderla y afrontarla? ¿Cómo distinguir entre unas u otras formas de presentación? Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Covid-19 persistente o post-Covid-19 se define como:
“La continuación o desarrollo de nuevos síntomas tres meses después de la infección inicial por el virus SARS-CoV-2, con una duración de estos síntomas de al menos dos meses sin otras razones que pueda explicar la presencia de estos síntomas”.
Concretando, se trata de un proceso de muy variable duración que suele y puede durar unas semanas o incluso meses. Se ve más en personas con más de cuarenta años, pero se puede presentar a cualquier edad. Afecta más a la mujer. Las personas que tienen ciertas enfermedades previas, tales como el asma u otras pulmonares y crónicas, la Diabetes de tipo 2 o de índole inmunodepresoras y otras, conllevan un riesgo más elevado. Los casos más graves de Covid-19, los que requieren hospitalización, también tienen más riesgo de Covid-19 persistente.
En cuanto a su presentación clínica diremos que por ahora se han identificado más de 200 síntomas asociados a la Covid-19 persistente. Los más frecuentes, que se incluyen tanto en el informe técnico español como en la definición de la OMS, son de tipología sistémica (como el cansancio, el malestar general o la fatiga, la fiebre, el dolor muscular o articular), respiratorios o cardiovasculares (presión torácica, tos, disnea, molestia de garganta, taquicardias, etc.), digestivos (dificultad para tragar, nauseas o vómitos, diarrea, dolor abdominal, inapetencia), neurocognitivos (como los déficits de memoria y atención, la ansiedad y el ánimo depresivo), además de otros como los neurológicos, neuromusculares, psicológicos y psiquiátricos.
La sintomatología neuropsicológica, tan propia de la Covid-persistente, puede expresarse también, mediante alteraciones cognitivas, que se han denominado como ‘niebla cerebral’. Igualmente se reduce el dominio de la atención, sobre todo de la sostenida que resulta manifestarse con una pérdida de la concentración. También se afecta la memoria a largo plazo y las funciones ejecutivas; a veces tan llamativas como la disminución de la capacidad para inhibir la información irrelevante en torno al virus de la pandemia, generando mayor preocupación y ansiedad. Son estas unas alteraciones que se presentan especialmente, en personas que se infectaron en la primera ola del virus.
Y también puede asociarse sintomatología neuropsiquiátrica, con depresión, ansiedad, apatía o desgana. Algunos estudios han demostrado que estas manifestaciones son más frecuentes en personas que ya habían tenido estos trastornos, a veces por causas psicológicas, antes de la infección.
Para el diagnóstico de la Covid-19 de larga evolución han de descartarse otros problemas de salud, ya conocidos, que pueden generar una sintomatología similar y también se han de tener en cuenta las posibles secuelas de las fases anteriores de la propia infección y considerar las pruebas analíticas o radiológicas y exploratorias que se vayan obteniendo.
En nuestra consideración es destacable la complejidad que se atribuye a esta forma da la Covid-19, tan frecuente, confusa y de difícil identificación, tal como se ha presentado en nuestro tiempo. Pues bien, es significativo que se la relacione con las enfermedades psicosomáticas por el hecho de integrar aspectos y causas tanto orgánicas como psicológicas que se instalan ─con interacciones persistentes─ avivando el proceso y realimentándolo de manera continuada. Pensemos en el desgaste vital y la afectación que produce en una persona la incertidumbre y novedad del proceso, la alarma que despierta, el temor a contagiar, el sentido de culpa que genera, el aislamiento y otros factores, que sin duda suelen reducir la resistencia saludable y el vigor de la persona. Lógicamente, en el fondo del escenario clínico de estas patologías está la perspectiva que proyecta la propia personalidad del paciente con los peculiares tonos e intensidades que condicionan la claridad/dificultad y la supuesta gravedad del caso. De ahí la necesidad o conveniencia de acudir a la perspectiva Psicosomática y al quehacer de la Psiquiatría de Enlace para alcanzar suficientes seguridades.
No resulta fácil diferenciar un proceso psicosomático típico y de causa intrapersonal del que subyace en una persona con una dolencia generada por la presencia del virus Covid-19. Pensamos que no hay pruebas específicas para detectarlo y diagnosticarlo con seguridad, pero si para la orientación diagnóstica y el enfoque terapéutico responsable. Y no es baladí la valoración del efecto nocivo y potenciador del malestar que se deriva del aislamiento familiar o social, los temores al posible contagio, en pasivo o activo, etc.
El tratamiento de estos pacientes está bien protocolizado e implica un seguimiento que incluya atención y genere confianza, medidas higiénicas y farmacológicas, así como un seguimiento psicoterapéutico que repare las distorsiones ─casi siempre psicosomáticas─ que se generan y persisten en estos pacientes, agredidos por los gérmenes y el distrés ─estrés elevado, duradero y desestabilizador─ unidos en una relación mutua de resistencia y persistencia.
Concluyendo, afirmamos que la Covid-19es una enfermedad nueva, enla que, se desconoce con exactitud cuál será el pronóstico para las personas con síntomas post-Covid. La mayoría de las personas que tienen síntomas después de cuatro semanas de haber padecido esta infección, mejorará gradualmente. La mortalidad no es elevada y se continúan realizando investigaciones acerca de cómo ayudar a las personas con Covid prolongado, a superar la afección y a descubrir nuevos medios de apoyo y mejores horizontes.
Las investigaciones realizadas en los últimos años van logrando desenmascarar este complejo escenario clínico y psicológico, tal como corresponde a las perspectivas somática o infecciosa y psicopatológica o mental y al modo tal como es imbrican en el entramado etiopatogénico de la Covid-19. Las manifestaciones inmunoendocrinológicas de esta infección suelen impactar notoriamente en la salud mental del paciente, evolucionando de un modo peculiar, en razón de la intensidad del proceso infeccioso y de la sensibilidad psicoemocional del paciente. Precisamente por eso. las intervenciones psicológicas dirigidas a los diferentes grupos de síntomas de cada paciente pueden mejorar significativamente los resultados, tanto mentales como físicos, logrados en su atención hospitalizada o ambulatoria.
Manuel Álvarez Romero
Medicina Interna y Psicosomática.
Presidente Sociedad Andaluza Medicina Psicosomática
Nuevamente tengo el privilegio de que, los autores de este libro titulado “El juego de la vida, pero en serio”, me hayan elegido para que proceda a prologarlo. La primera vez que tuvieron la amabilidad de honrarme con un cometido igual a éste fue hace unos cinco años, cuando publicaron el titulado “Reflexiones con la bata puesta. ¿Sabes cómo piensa tu médico?” que engrosó la literatura médica bajo el patrocinio de la S.A.M.P., en 2019.
A tenor de que todo prólogo es una guía que se ofrece a los futuros lectores para introducirles en el contenido de la obra que los autores ponen en sus manos, el cometido que han depositado en las mías parece que deja poco margen para la duda: orientar al lector a seguir la senda que han trazado los autores —siguiendo un proyecto rigurosamente concebido— permitiéndoles alcanzar la meta que satisfaga sus expectativas más deseadas.
Nadie puede enfocar el juego de la vida más en serio que quien vea en ésta un camino que tiene que ser propuesto, paso a paso y cada día, por el que al transitarlo es su legítimo y obligado constructor.
Porque la vida sólo puede vivirse si se cuenta con una actividad que realizar. Ese “hacer camino al andar”, que en definitiva no es más que vivir, se constituye como basamento del tópico literario Homo Viator –con el que la humanidad ha pretendido desde siempre apropiarse del sentido último de su existencia— que los autores del texto sintetizan en el HACER, que además de constituirse en un apartado del libro, elevan a categoría antropológica fundamental rememorando el constructo arquetípico denominado Homo Faber, que aúna a su carácter de hacedor una segunda acepción, la cognitiva, que con igual acierto, los autores del texto prologado resumen en el SABER.
Hay dos competencias vitales más que constituirán otros tantos capítulos del libro y que son enunciados como QUERER y PODER, con los que, junto con el SABER, ya mencionado, cierran la “tricondicionalidad comportamental” que describió Meliá en 2007.
Aunque el sustrato sobre el que se edifica la trama del libro sea explícitamente de raigambre psicosocial, los bloques temáticos –SABER, QUERER y PODER– de los autores, se abordan y desarrollan siguiendo pautas antropológico-comprensivas que, además de aportarles un enfoque original, los enriquecen de un sentir empático-comprensivo mucho más próximo al quehacer médico-antropológico que la metodología científico-explicativa.
Por otra parte, al pasar a un primer plano del HACER a la subjetividad –intentando comprender la intencionalidad de la Conciencia de sus pacientes—los autores, se aproximan mucho a promover el descifrado del sentido de la conducta humana valiéndose de una interpretación hermenéutica.
La comprensión de la conducta del otro, basada en la empatía, se ha caracterizado siempre por su precaria fiabilidad, de ahí que cada vez con más frecuencia esté siendo sustituida por una “entrevista comprensiva” que permita, partiendo de la realidad del paciente, elaborar un texto psicobiográfico fiable para comprender la motivación de su conducta e interpretar la unidad y continuidad de sentido biográfico y sociocultural. Estos indudables beneficios se aportan con creces en este libro.
Porque el tomarse la vida en serio es mucho más que aplicar a la prevención de riesgos laborales unos principios de Psicología del Trabajo, por muy importante que sea esto; el SABER, QUERER Y PODER, constituyen, más que condiciones específicas, auténticas categorías existenciales que emanan del concepto mismo de Persona: “Como ser de razón, dotada de conciencia de sí misma y de su mundo y que se experimenta como unidad “en-sí” y “para-otros”.
Como “ser de razón” posee conocimiento: SABE; como “dotada de conciencia”, sabe que sabe, es decir, PUEDE, y como “ser-en-relación” QUIERE.
En “El juego de la vida, pero en serio” los Dres. Manuel Álvarez y José I. del Pino nos hacen reflexionar –mediante artículos cortos y bien ensamblados– sobre el sentido del vivir humano: cómo estar-en-el-mundo, haciéndose y haciéndolo; pero, sobre todo, cómo estar-en-relación-con-otros.
En este último sentido se nos pone en guardia frente a la tendencia actual a una cada vez mayor pérdida de la alteridad, con el debilitamiento de los vínculos interpersonales y la consideración de los otros como medios de los que servirse, que son desechados cuando han perdido la utilidad.
Este libro aporta al lector un rico caudal de conocimientos –saber— en relación con el vivir cotidiano; lo que reforzando sus defensas internas le permitirá superar ciertas incertidumbres –de las muchas a las que estamos sometidos todos en la actualidad— confiriéndole seguridad –poder— y, además, al concienciarle de que el vivir sólo puede entenderse desde la convivencia, reforzará su voluntad de acción –querer— desde la projimidad, contraponiendo a las inevitables inmanencias egocéntricas, valores filantrópicos.
Sea bien venido este nuevo libro de los Dres. Álvarez y del Pino, al conjunto de la literatura médico-humanista, a la que con sus aportaciones contribuyen a enriquecer.
Dr. José Manuel González Infante
Académico de Número de la Real Academia de Medicina de Cádiz
Cádiz a 22 de febrero de 2024.
Libro «El juego de la vida, pero en serio» editorial SAMP
¨Si cualquier trabajo es una tarea humana que de ordinario suele resultar gustosa y satisfactoria, ante el trabajo del médico se acentúan esos beneficios porque su finalidad se hace, si cabe, aún más noble.¨ Manuel Álvarez Romero
Si cualquier trabajo es una tarea humana que de ordinario suele resultar gustosa y satisfactoria ante el trabajo del médico se acentúan esos beneficios porque su finalidad se hace, si cabe, aún más noble: curar el dolor, evitar la muerte, aliviar el sufrimiento, consolar, inspirar confianza, etc.
Al preguntarnos qué aporta el trabajo a quien lo hace podríamos remontarnos al inicio de la Biblia y leer que Dios creó al hombre -tras crear el mundo- para que lo trabajara. Y desde ahí podemos seguir considerando aspectos de gran brillo y valor. Porque el trabajo es el medio previsto para el logro del propio sustento.
Nuestro trabajo ayuda a madurar nuestra identidad personal, desarrolla las aptitudes y virtudes que van enriqueciendo nuestras vidas. Y cuando miramos desde la perspectiva del médico, nos encontramos con la clara compensación de la grandeza intrínseca del oficio, con el enriquecimiento en dignidad y con el beneficio moral que este ejercicio aporta a quienes lo llevan a cabo.
Se buscan médicos de familia para Andalucía. Y ¡parece que hay que traspasar nuestras fronteras hasta encontrarlos! Así se ha venido pregonando en los medios de comunicación durante los meses pasados. Es de todos conocido que la sobrecarga asistencial debida a la pandemia del Covid 19 ha agotado o lesionado a muchos profesionales. Y ciertamente el médico -y especialmente el de Atención Primaria- ha soportado el mayor peso asistencial pandémico. Pero también hemos de recordar la drástica reducción de admisiones en las Facultades de Medicina iniciada hace ya varias décadas. Y, según parece, aún no se ha comenzado a rectificar el presunto error de no haber ampliado el número de nuevos estudiantes de Medicina de nuestras universidades.
Al hilo de nuestro tema nos surge aquí una importante condición a tener en cuenta, valorar más certeramente la presunta vocación médica de los candidatos a ser médicos. Lógicamente se trataría de reconocer las disposiciones y características relacionadas con el humanismo y la cercanía para con la persona enferma o doliente, tal como se ha venido entendiendo clásicamente. Estas premisas requerirían, sin duda, la valoración de criterios disposicionales y vocacionales de los candidatos y no exclusivamente las de índole curricular académica como ahora sucede.
Si cualquier tarea profesional enriquece a la sociedad con su aportación, en nuestro caso resulta aún más obvio el gran valor de la Medicina con su especial aporte de humanidad. Es la Medicina Centrada en la Persona. Se trata pues de un quehacer que propicia y exige el uso creciente de las virtudes de servicio: caridad, magnanimidad, cercanía, afecto… De seguro que todos reavivamos esta experiencia propia al ser personalmente asistidos por nuestras enfermedades y dolencias.
En ‘Vocación, ética y otros ensayos’ el doctor Gregorio Marañón (1887-1960) seleccionaba como preferentes en la profundidad vocacional al médico, al maestro y al sacerdote. Y tras bastantes decenarios de continuado y denso ejercicio profesional no dejamos de encontrar argumentos que corroboren las ideas de este maestro del saber médico universal. Y así destacamos que la verdad, la bondad, la belleza, el amor y la libertad deben contar de modo floreciente en el trabajo de cada día para el buen galeno de todos los tiempos y quizá más en nuestros días.
Manuel Álvarez Romero es presidente de la sociedad andaluza de medicina psicosomática
«…cabe afirmar que el hombre tiene una fe o una superstición.
Y que cuanto menos se habla del espíritu, tanto más se habla de espíritus.»
“El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia.” (1987)
Víctor FRANKL
Terminamos un año y ya comenzó otro similar, que de seguro aportará sorpresas más o menos gratas. En él contaremos con anhelos deseados, encuentros poco queridos, avances en cualquier orden del vivir y ráfagas de pesimismo siguiendo a sorpresas temidas o indeseadas.
Recordemos en este nuevo 2024 la importancia y esperanza de saber encontrar el sentido de lo que nos suceda y descubrir lo vivido con sentido. Para este tema es imprescindible recordar a Frankl y su Logoterapia. La frase del inicio advierte de un grave riesgo. Ciertamente ¡Dios sabe más!, pero si para nosotros no existe buscaremos dioses sustitutos en las tradiciones, las ideologías, la propia ciencia, las supersticiones… Todos necesitamos un faro que ilumine el camino y nos haga sentir seguros. Por eso advierte que puede decírsele a una persona que la vida tiene sentido, pero es ella quien debe descubrir cuál es. Ojalá tengamos cada uno de nosotros el regalo de pensar y reflexionar sobre el sentido del vivir, algo que no es baladí y entraña gran importancia por las consecuencias personales y para nuestro entorno inmediato.
La cuestión del sentido es, sin duda, pilar fundamental en el cuidado de la propia salud mental, Su equilibrio y sostenibilidad giran en gran medida sobre ella. En otra publicación titulada: “Asumir lo efímero de la existencia” el eminente psiquiatra vienés, profundiza y aclara muy justamente acerca del necesario sentido de nuestro vivir concreto y cotidiano. Y hemos de preguntarnos ¿lo consideramos así con frecuencia? Reflexionemos pues, en este escenario u horizonte. Afirma Frankl que conforme pasan los años más conviene y cuesta más concretar cómo apreciamos y asumimos el sentido de lo que nos acontece, y lo ilustra con experiencias propias de su amplio acervo profesional y clínico.
¡Cuánto se ha dañado la salud mental de nuestros contemporáneos en esta década! ¡Cuánta herida suscitó el desconcertante y doliente peso de la reciente pandemia COVID-19! Muchas han sido las afecciones secundarias a complicaciones patológicas de esta infección e incluso del mismo confinamiento consecuente a las medidas de prevención dictadas por una prudencia más o menos oportuna y más o menos bien aplicada. Y es que aumentó la incidencia de procesos depresivos y ansiosos, de descompensaciones de enfermedades metabólicas o neurológicas por la inadaptación a la soledad forzada y no querida. por el temor derivado del exceso de noticias médicas o por la reiteración de amenazas no explicadas. Esto dio lugar al incremento muy considerable de la patología que aún sigue golpeando y descompensando la buena práctica de los profesionales de la Medicina y fundamentalmente de la Atención Primaria. Por eso es necesario alertar para que afinemos nuestra sensibilidad y actuemos con realismo reduciendo al máximo los efectos secundarios tanto de las enfermedades como de la aplicación de las medidas preventivas o terapéuticas que en cada caso se necesite dictar.
Un momento luminoso que Frankl destaca es el que describe cómo el ser humano llegó al punto de poder decirle “sí” a la vida, a pesar del carácter efímero de ésta, y cómo logra darle una respuesta afirmativa a pesar de su propia condición mortal. Por ello recomienda que, ante la muerte, la vida ha de ser dejada atrás sabiendo que la vida es un continuo morir, un continuo morirse de algo -o de alguien- al que nos hemos encariñado. Así, acabaremos con realismo afirmando que la vida es un continuo decir adiós. La muerte resulta ser el punto final del adiós constante y tantas veces sufriente, mientras transcurre ese proceso continuo que, de algún modo, consiste en ir muriéndose. Y tiene su gracia que, sobre la trascendencia de la vida humana, aconseja con oportunidad e ironía un “vive como si vivieras por segunda vez y como si la primera vez lo hubieras hecho tan mal como estás a punto de hacerlo ahora”.
Lo propio del hombre es buscar un sentido, algo que le dé fuerzas y le encauce hacia “la felicidad posible”. Además, este sentido refuerza la capacidad de sufrimiento tal como dijo a su antiguo asistente Harvey Cushing, “el mayor cirujano de todos los tiempos”, siendo ya un anciano: “La única manera de soportar la vida es tener siempre una tarea que cumplir”.
Dr. Manuel Álvarez Romero, Médico Internista
Dr. José Ignacio del Pino Montesinos, Médico Psiquiatra
Después de escuchar y transcribir la grabación de más de una hora de charla con Manuel Álvarez (Luque, Córdoba, 1941), doctor especializado en medicina psicosomática, caemos en la cuenta de que el entrevistado no ha usado ni un sólo término que hayamos tenido que consultar en enciclopedia alguna. Algo raro en una época en la que cualquier conversación acaba enmarañada en una selva de términos incomprensibles. Manuel Álvarez, bético y miembro del Opus Dei, habla con sencillez y sabiduría, siempre con una sonrisa en la boca y comprendiendo las limitaciones del entrevistador. Su estirpe es la de los viejos médicos humanistas, más pendiente del trato directo con los pacientes que de las pantallas de los ordenadores. Sin embargo, el currículum de este médico internista es largo y denso tras décadas de ejercicio. Promotor, miembro fundador y primer presidente de la Sociedad Andaluza de Medicina Psicosomática es autor de libros como ‘¿Quieres ser feliz? Claves para mejorar la Autoestima’ o ‘El efecto Gioconda. Cómo soy, cómo me veo, cómo me ven. Aprendiendo en el espejo de la mirada ajena’. Es también académico correspondiente electo de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Cádiz.
–Acaba de cumplir los 80 y está estupendo, enhorabuena.
–Lo he celebrado. Esta edad da una buena perspectiva de la vida, de la historia, de los amigos, de la familia, de los que se fueron y han llegado. Es estupenda.
–¿Médico por vocación o porque hay que comer de algo?
–Es mixto. Al principio me daba un poco de miedo, como los toros. Pero tenía familiares en la profesión y mi madre decía que quería tener un médico a su vera toda la vida… Además, el servicio a los demás siempre ha sido un leitmotiv para mí, algo que heredé de mi padre.
–Ahora, todos los jóvenes quieren estudiar Medicina. Quizás demasiada novelería. Algo normal, por otra parte.
–Para entrar en la Facultad yo haría un examen de vocacional. Hay que hacer una medicina de servicio. Un buen médico es como un buen taxista, hace su servicio y después debe cobrar por ello sin ningún complejo.
–¿Y cómo sería ese examen vocacional?
–Principalmente una conversación con el estudiante. Es ahí cuando uno se da cuenta si el examinado tiene amor por la profesión o no, porque el amor siempre encuentra recursos para mostrarse. Aparte hay pruebas psicológicas para detectar estas cosas.
CUANDO COMENCÉ A EJERCER COMPRENDÍ QUE LOS PACIENTES NO TIENEN ENFERMEDADES, SINO DOLENCIAS
–¿Estudió en Sevilla?
–Sí señor, en la Macarena, siete años. Terminé en el 65. Como alumno interno me llevé tres años haciendo guardias de tres de la tarde a nueve de la mañana. Ahí aprendimos mucho y con entusiasmo, teníamos una gran responsabilidad, se nos quitaron todos los miedos.
–Desde entonces ha llovido mucho. La medicina ha cambiado. ¿Los médicos de ahora son mejores?
–Saben más de ciencia y de técnica, pero se ha dejado de ejercitar la medicina centrada en la persona. Para mí fue positivamente traumático encontrarme con que los pacientes me contaban historias que yo no podía parangonar con un texto de medicina. Fue entonces cuando comprendí que los pacientes no presentan enfermedades, sino dolencias. Es decir, la enfermedad vivida. Esa es la que hay que localizar y la que no se aprende en los libros, sino rozándose con los pacientes, algo que la medicina actual debería mejorar.
–Tratándose de usted, la pregunta inevitable es hasta qué punto lo psicológico afecta a la salud.
–El dolor, el vómito el mareo, la tristeza, el cansancio, o la falta de apetito son expresiones de trastornos metabólicos que tienen su fundamento en vivencias, en emociones. Vivimos cargados de emociones que repercuten en el cuerpo, sobre todo cuando se convierten en sentimientos y empiezan a influir en las hormonas. Todos los síntomas de una enfermedad o un malestar son expresiones de la biografía de la persona.
–Uno de sus libros se llama ‘¿Quieres ser feliz? Claves para conseguir la felicidad verdadera’ (Almuzara). Es mucho lo que se promete. Me imagino que el título se lo pondría Pimentel. ¿Qué es eso de la felicidad verdadera?
–Aquella que no nace del engaño y que tiene fundamento. Enrique Rojas decía que la felicidad es un puzzle en el que siempre falta una pieza. Eso me convence mucho, porque la felicidad humana no da para más. No es algo que se fabrica en este barrio. Es como si estuviésemos hechos para otra vida.
–¿La felicidad en este mundo es una quimera?
–Es un estado por el que se lucha, que se puede alcanza parcialmente, pero nunca de un modo completo en esta vida. Podríamos decir que es una mezcla de los deseos y los logros. Siempre será más feliz aquel que tenga unos requerimientos más razonables.
–Dígame una fórmula que nos acerque a la felicidad.
TODOS LOS SÍNTOMAS DE UNA ENFERMEDAD SON EXPRESIONES DE LA BIOGRAFÍA DE UNA PERSONA
–Le responderé con una frase del libro: “Toma conciencia de tu ser, de tus posibilidades y proyectos, de tus recursos vitales y aprende a manejar los planos del vivir, para poder adaptarte a las necesidades de cada etapa vital, a cada entorno familiar o profesional y a las necesidades que cada una de esas situaciones te plantea”.
–Usted que ha atendido a miles de pacientes, ¿qué ha visto más, felicidad o lo contrario?
–He visto sobre todo afán de vivir, de supervivencia. La gente no quiere morirse, no quiere pararse, sino continuar. Existe siempre un anhelo de algo más. El hombre está a la espera permanente de un segundo plato, aunque luego sean alcachofas fritas. Siempre tiene esperanza. Si no la tiene está muerto.
–Hoy en día existe un discurso que quizás le da una excesiva importancia a la actitud del enfermo hacia la enfermedad. Eso podría hacer mucho daño, sobre todo a pacientes con dolencias incurables, ¿no?
–Para vivir hay que querer vivir. La actitud optimista y esperanzada es muy importante. Ahora bien, hay enfermedades con las que poco se puede hacer…
–¿Nos miramos demasiado el ombligo? ¿Nuestros abuelos eran más duros?
–Sí, incluso se pasaban. No hay más que mirar los suplementos de salud que hay en todos los medios de comunicación, los libros sobre la materia que se editan, los programas… Y no podemos olvidar otros aspecto como la psicologización y la psiquiatrización, que son dos enfermedades sociales.
–¿Por qué?
–Porque se enfoca como anormal o patológico lo que es el propio vivir. Cualquiera que tiene mal cuerpo, un tic o una deficiencia pequeña enseguida va al médico o al psicólogo y eso genera hipocondría, excesiva preocupación, somatizaciones, alteraciones orgánicas en el cuerpo provocadas directamente por las emociones. Por eso interesa tener buena cultura médica y buenos consultores.
–La hipocondría es todo un problema para el que la padece.
–La hipocondría es algo que se aprende, educacional más que constitutivo. La heredamos de nuestro padre o abuelo. Tiene unos moldes de aprendizaje.
–¿Y cómo se desmonta?
–Es curioso, hay veces que se desmonta en años y otras en una sola sesión. He tenido recientemente un caso extremo en el que una persona estaba convencida de que tenía un cáncer, incluso llevaba seis meses dado de baja y en un sinvivir. Sin embargo, en un rato de conversación, dándole confianza, con sugestión, se curó. Pero lo normal es que ese problema tenga correa.
YO ME HE PROPUESTO VIVIR LA VIDA COMO UN PASEO Y LO ESTOY CONSIGUIENDO
–¿La crispación política produce enfermedades?
–Claro. Lo que nos hacen sufrir los políticos afecta a la salud. La confianza defraudada genera mala calidad de vida.
–Es decir, que cuando un político promete que va a crear 800.000 puestos de trabajo y luego no cumple es como si esparciese un virus en la sociedad, ¿no?
–Pues sí. Por eso es importante vacunarse contra esos virus, mantener la distancia…
–Por cierto, ¿qué es el ‘efecto Gioconda’ con el que titula otro de sus libros? Tiene usted talento para nombrar sus obras.
–Ese título fue idea de David González Romero, cuando trabajaba en Almuzara. Estaba comiendo con él y y Pimentel en el bar Sancho Panza, en Los Remedios. Comenté que quería escribir un libro sobre cómo aprender del otro, porque se aprende mucho del trato con la gente. Entonces David dijo: “eso es el efecto Gioconda”. Me pareció muy bonito y me puse a escribir sobre el tema. El subtítulo del libro reza: “aprendiendo en el espejo de la mirada del otro”
–¿Y qué es lo que te dice la Gioconda?
–Aquello que tú quieres oír, pero no te atreves a decírtelo. Es importante buscar la unidad en cómo me veo yo y cómo percibo que me ve la gente. Meterte dentro de ti para saber relacionarte con realismo.
–Los otros nos enseñan muchas cosas, pero también nos hieren. ¿Cómo evitar eso?
–Lo primero es saber localizar a las personas que son tóxicas para nosotros. Lo segundo, usar la prudencia para no darles las dagas que nos pueden clavar en la espalda. Lo tercero, no frecuentar mucho su trato. Estar dispuestos a ayudarles, pero siempre que no nos perjudiquen. Hay que detectar dónde está el veneno y procurar no tomarlo. Una persona tóxica puede disparar tu ansiedad y llevarte a la UCI.
LA ÚNICA MANERA DE ENFRENTARSE A LA MUERTE ES CON LA PLENA ACEPTACIÓN DE LA MISMA
–Vivimos en la sociedad de la ansiedad y el estrés.
–Yo me he propuesto vivir la vida como un paseo, y lo estoy consiguiendo. No podemos poner a prueba a nuestro organismo continuamente. Hay que saber discernir si el coste de una determinada actividad para nosotros es razonable o no. A nadie se le ocurre comprar una barra de pan por cincuenta euros, a no ser que sea imprescindible para sobrevivir. La peor prisa es la que nos imponemos nosotros mismos.
–¿Los españoles seguimos sin saber decir no?
–A mí, desde luego, me cuesta. Es un cuestión educacional. Es muy importante lo que llaman la asertividad.
–Es decir, como indica una definición, “la habilidad que permite a las personas expresar de la manera adecuada, sin hostilidad ni agresividad, sus emociones frente a otra persona”.
–Ahora mismo tengo en marcha el programa de las cuatro A, que se debe aplicar cuando una persona tiene un conflicto. Son: aceptación (da paz y corta la hemorragia), asimilación (pensar la solución), acción y, por último, aprender. Con eso se logra convertir esa carrera que, a veces, es la vida en un paseo disfrutón.
–Perdón por esta pregunta a bocajarro, ¿cómo nos enfrentamos a la muerte? ¿Cómo evitamos el pánico que nos produce?
–Ah, amigo, la muerte nos amarga a todos un poco la vida, ¿verdad? La única manera de enfrentarse a ella es con la plena aceptación de la misma, como cuando aceptamos que tenemos dos manos en vez de tres. Una paciente que tenía una angustia tremenda con ese tema llegó un día y me dijo que lo había resuelto con “los tres sentidos”: el sentido común, el sentido sobrenatural y el sentido del humor. A mí me da resultado.
–De los tres me quedo con el del humor. Al fin y al cabo es lo que nos salva.
–El humor disuelve los malos tragos. La espiritualidad, independientemente de la religión que sea, también ayuda a digerir mucho las cosas.
–La soledad es otro de los grandes problemas de nuestra sociedad.
–Hay una canción de Vinicius de Moraes que dice que “la vida es el arte del encuentro”. Con el primero que hay que tener arte para encontrarse es con uno mismo. Después, con los demás. El primero de todos, Dios.
–Pero eso, como ya le dijeron una vez, eso es solo para los creyentes.
–No, es para todo el mundo. Lo que pasa que los creyentes son los que lo aprovechan.
–No me gustaría acabar sin preguntarle por la depresión, tan omnipresente hoy en día.
–Es la enfermedad mental más frecuente y que causa más bajas laborales. López Ibor dijo que en unos diez años sería la principal causa de incapacidad de los humanos. Eso sí, su tratamiento ha mejorado muchísimo con la farmacología. Llevo cincuenta años tratando la depresión y puedo asegurar que las más persistentes están bajando, otra cosa es que necesiten tratamiento de continuo. Todas las depresiones tienen un componente orgánico y otro psicológico. Siempre hay factores de personalidad, educación, actitud y, al mismo tiempo, alguna avería química constatable.
Siempre me ha fascinado el mar. Su melodía, su olor, su infinito baile, su manera de extender sus largos brazos de piel azul hacen que cada vez que piense en el océano se apodere de mí una inmensa y profunda nostalgia. Mi padre es biólogo así que si alguna vez tuve cuestiones acerca de la naturaleza, siempre supo responderlas con gran seguridad. Me considero afortunada por tener un padre que supiera tanto de como funcionan las criaturas de este mundo. O al menos sus cuerpos. Me da mucha pena comer pescado. Por eso nunca he probado el marisco. No sé si me gusta o no su sabor, pero me dan ganas de llorar cuando veo a alguien comer gambas. Creo que es porque los miro a los ojos. Y en el vacío que los envuelve soy capaz de visualizar sus vidas. Y de sentir algo parecido a lo que ellos sintieron cuando los pescaron. Admiro a las criaturas del mar, tanto a las que se pueden mover como a las que no. Hagan lo que hagan, lo mantienen todo en equilibrio, no se destruyen si no es por necesidad. No buscan pisotearse entre ellos, sino crear una bella armonía. Y me preocupa el medio ambiente. Mucho, tal vez demasiado. Me siento culpable por ver cómo destruyen sus hogares, como los matan y los exponen como trofeos, como los envenenan con plástico. Aunque es de esperar de una sociedad en la que un animal vale más muerto que vivo. La biología del mar es simple, y eso mismo puede hacerla frágil a menudo. Tal vez por eso viven en el agua, que les ayuda a fluir. Y ellos aprovechan valientemente lo que el agua les da. La respiran, no como muchos que tienen miedo a ahogarse si se sumergen en ella. Así que, sí, aquí están algunas de las razones por las que me gusta la biología del mar. Y podría seguir, pero creo que ya he ocupado medio folio.
L.J. M.
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